El chupacabras. por Fercho V. Meirás.


ALVAREZ CASCOS Y nunca nadie lo vio con claridad más que huyendo, dejando tras de sí una estela de horror, desvalimiento y consternación. Una sombra grotesca era lo máximo que los estupefactos testigos en cierta ocasión alcanzaron a ver; oscuridad recortada que reclamó para sí una suerte de ser alado y corpulento. A un tiempo anatemizado a voz en grito por unos y venerado en silencio por otros, la iglesia se arrogó rápidamente la facultad de imponer la prevalencia de Yahvé sobre todas las criaturas, hecho que provocó no pocas batidas campesinas por la zona; como tampoco, fueron pocos los caídos (¿mártires paganos quizá?) que, adelantados a su época, trataron de emular a las aves con alas de fabricación casera y toparon con la incomprensión eclesiástica.
Las heridas que presentaban las bovinas víctimas eran por lo general poco profundas, pequeños agujeros por los que al ganado se le escapaba la vida. Otras razas de animales tampoco escaparon al acecho de Su impiedad: aves de corral, equinos varios y humanoides anacoretas que se hacían llamar frailes. Todos ellos invitados forzosos a un, cuanto menos, indigesto ágape.
Y así, no pasó mucho tiempo antes de que la leyenda tomase el nombre de: Chupacabras.
Por aquel entonces yo estaba llamado a ser algo en esta vida, y fue por eso por lo que en el pueblo, gente válida y preparada, me recomendó empezar como pastor e ir poco a poco ascendiendo (a los cerros, supongo) en la pirámide laboral. Me agencié un zurrón, una bota (Tres Zetas, por supuesto) y una buena chupa de lana, y pronto empecé a pastorear por los montes cercanos. Yo no entendía de trashumancia o cañadas reales, por lo que más que nada anduve por el campo del tío Emilio y por la era de don Tiburcio, el boticario, ambos ricos en fauna doméstica, numerosa, pero dócil.
A decir verdad, nunca me preocupé lo más mínimo de llevar la cuenta exacta de la cantidad de piezas que llevaba, entre otras cosas porque se me hacía difícil eso de contar y no conocía esa técnica de la pulsera de plástico que llevamos ahora todos en la mano. Yo lo único que procuré fue, que mis animalicos no se sintiesen solos y así, en las épocas de celo, si alguna oveja se me quedaba sin pareja, pues yo... En cualquier caso, y para no desviarme de la historia, os relataré lo que en cierta noche aconteció bajo mi casualmente indiscreta mirada:
"En los veranos por el pueblo no sólo zumbaban moscas, sino que también se dejaban caer jóvenes ye-yés, que venían de la capital a pasar las vacaciones con sus familias. Pues bien, había un grupo al que se le conocía por Los Universitarios; gente guapa y de pudientes, que se dedicaba a lucir trajes de lino a medida, muy de moda por aquel entonces, a disfrutar de la gastronomía local, ya fuese embutidos y/o asados, y a pavonear su pasotismo capcioso ante unos ignorantes como nosotros.
Nosotros rehuíamos cohibidos aquellas miradas de desprecio o, a todo lo más, condescendientes de aquellos señoritos de ciudad, de aquellos cosmopolitas de postín. Julio el de la cantina, bufaba al vernos entrar por la puerta (hubiera sido estúpido hacerlo por la ventana, la verdad), y con los ojos encendidos en funesta rabia nos obligaba, tras el primer chato, a abandonar el local en el habitual en caso de que Los acaudalados Universitarios estuviesen invirtiendo sus cuartos en aguardiente, ya que nuestras dos perras sólo le servían, según sus palabras, para apostar a la petanca.
En verano los sotos son accesibles y el pasto es fresco y abundante, por lo que hay que guiar al ganado tanto más arriba como sea posible, para que los pastos de las zonas próximas al pueblo permanezcan francos durante el recio invierno. Así que yo rara vez aparecía por la cantina. Es más, se me hacía pesado volver y prefería echarme bajo el moteado cielo nocturno estival. Y fue en esos lares, tras una sucesión de días muy calurosos, cuando divisé a Los Universitarios acercándose a la Poza de la Herida. Su desfile en grupo por las pedregosas laderas que indicaban los albores de la sierra perdió en grandilocuencia, dejó de ser orondo y refinado, para convertirse sencillamente en patoso.
La tarde caía y los rayos oblicuos del sol proyectaban sombras en escorzo sobre los pliegues del paisaje. Los jóvenes se recostaron sobre la orilla y, uno a uno, se fueron refrescando en la Poza, no sin antes haberse quitado la ropa. Yo, incrédulo ante el espectáculo, gané la cima con premura y me hice fuerte tras un gran peñasco de roca granítica. Con los ojos entornados debido al sol de poniente y la mano a modo de visera observé principalmente a la chica rubicunda, algo flacucha, pero que despertó mi lujuria con frenesí.
Traté de hacerme eco de sus dilatadas conversaciones que dificultosamente, entre bufidos, trataban de mantener los cinco. Por supuesto, apenas sí pude entender algo de esas conversaciones que giraba en torno a libros extraños y grupos de rock and roll, salpicada por extraños términos, propios de la jerga urbana, supongo. Se les notaba el esfuerzo de la ascensión en la cara, y la luz vespertina iba tocando ya a su fin... La luz cálida de la tarde dio rápidamente paso a los tonos rojizos que alertan sobre la caída de la noche. Los Universitarios cansados por el esfuerzo y proclives al desprecio ante los riesgos de una noche en los páramos de la zona, se demoraron y, justo cuando se disponían a regresar, la noche cayó.
Las dos chicas se empezaron a inquietar, hubo sorna y risas entre ellos, hasta que una, en una demostración de carácter, les obligó a partir. Con falsa premura ellos recogieron las cosas dispersas por aquí y allá. El meandro de caminos que desemboca en la Poza los engulló mientras el grupo iniciaba la vuelta.
Un batir de alas, la luna rota en jirones pues una sombra la atraviesa y un graznido, se hacen sentir a un tiempo. A mí se me hiela la sangre y un latigazo de temor me estremece con un calambre.
Una figura alada se interpone en mi vista del grupo que se encuentra a punto de ganar el sendero. Detrás de la primera figura aparece una segunda en la que puedo ver con claridad dos ojos encendidos y un rostro arrugado, rematado con dos orejas puntiagudas. Con vuelo rasante a baja altura las extrañas figuras golpean con fiereza al grupo que trata de huir despavorido. Ellas caen en un paroxismo de terror, y ellos, olvidadas las convenciones sociales de educación y auxilio, las olvidan a su suerte en su raudo escape infructuoso. Yo giré la cabeza instintivamente tratando de ignorar el terror que me embriagaba, el terror que me dejó paralizado.
No sé el tiempo que estuvieron gritando, ni cómo esos seres de mítica apariencia les robaron la vida a Los Universitarios. Yo desperté a la mañana siguiente. Los cuerpos presentaban picaduras como de colmillo por doquier. Les habían succionado literalmente la sangre, ¡se los habían bebido! Curiosamente yo no sufrí ningún daño, y mis ovejas..., nunca lo podré decir ya que, como antes señalé, desconocía su número exacto."
Un verano distinto, un verano en el que el Chupacabras se vio descubierto por unos ojos indiscretos que ahora lo cuentan tras haber dejado aquel pueblo donde convergen dos mundos: el tangible y el de nuestros peores sueños. Desde el púlpito que me proporciona mi cátedra de Antropología ibérica, y desde la autoridad que proporciona ser testigo de un hecho excepcional por lo insólito, que no por lo macabro, del mismo a ojos vista, certifico las leyendas de...

FIN