METRO.Por Fercho V. Meirás

 

METROBajé las escaleras a la carrera, a trompicones, según se dice. Fuera llovía. El día había amanecido gris y húmedo y, sin embargo, en el Metro hacía calor. Reconocía el calor insoportablemente humano de la maraña que, junto a mí, se embarcaba en un viaje subterráneo cada mañana. No hube ni llegado a los tornos de entrada cuando ya la lástima me anegó el corazón como una marea viva, tras repasar el vivero de caras grises que se sucedían anónimamente bajo tierra como los tubérculos.

Al llegar al andén un metro acababa de cerrar sus puertas tras la vomitona regular de personas. Me dispuse a esperar algún rato viendo deslizarse sobre lo raíles vagones repletos, según supuse, ya que el vaho condensado en las ventanas me impedía ver el interior, hasta que, por fin, llegó uno practicable. Una vez la gente descendió, entré en tropel junto a los demás pasajeros en un vagón del susodicho tren.

La puerta se cerró tras el habitual silbido a mis espaldas, mientras que yo, agarrado a la barra superior, me debatía entre el gentío buscando una posición cómoda. Un abigarrado grupo de gente variopinta se movía al tran tran del tren, que marcaba un ritmo a trompicones. Lo peor sin duda, es el continuo balanceo al que se entregan sin reparo algunas personas. Se frotan buscando una cadencia que no existe entre ambos, ellos y su víctima. Supongo que las chicas son las peor paradas por los lascivos achuchones del personal, pero los maricones también hacen suyo este territorio, retando a la heterosexualidad a exhibir su virilidad y hombría. Aquel sitio donde la lujuria no es compartida, hace que se me antoje ésta repulsiva, tanto más cuando me acuerdo del dicho: "Masturbarse está bien, pero follando se conoce gente". No es la manera si es a disgusto, me parece.

Tras dejar atrás la estación de Sol, el vagón perdió animación. Sin embargo, un grupo de peruanos pertrechados de guitarras y flautas, atacaron un tema popular de aquel país, que a esas horas de la mañana se me antojó francamente desagradable, tratando lograr una atmósfera festiva, ¡craso error! Procedieron a la ya instituida colecta, infructuosa en su mayor parte a causa de la negativa del personal a aflojar la mosca a tan temprana hora, tras lo cual el moreno y achaparrado grupo descendió, y yo con ellos.

Proseguí mi andadura matutina cual glóbulo por las arterias del laberinto corporal, sólo que en este caso el cuerpo se recubre se asfalto, que no epidermis, devora ingentes cantidades de energía eléctrica, petroquímica, etc..., y no se aparea, al menos del modo "tradicional". Como decía..., en mi andadura golpeé uno o dos pares de hombros de hombres antes de ganar las escaleras, que se abrían subiendo en curva para volver a bajar, esta vez por sus lejanas y cosmopolitas parientas: las mecánicas. Fue aquí, ciertamente, donde comenzó el devenir de la tragedia. Un repentino corte eléctrico provocó un súbito parón de las escaleras apenas sí perceptible, aunque lo suficiente, como para hacer caer a una enclenque anciana ciega. Yo, desde lo alto de las escaleras, vi perplejo cómo rodaba escaleras abajo, tanto más, cuanto que la gente, soslayando su deber cívico de ayuda al prójimo, se apartaba de la trayectoria mientras ésta se desgañitaba hasta que un golpe seco la hizo callar. La gente se abrió paso con una suerte de indiferencia asombrosa, y yo, seguí al gentío. Evitando mirar hacia el siniestro lugar del aterrizaje, cerca del cual, el bastón blanco con punta abotonada descansaba en dos trozos.

Una punzada de lacerante insolidaridad me estremeció de arriba abajo. Repasé de mala gana el periódico gratuito que reparten al entrar en el metro, tratando de mantener mi mente ocupada, pero fue inútil. Hice un amago de vuelta atrás, no más para quitarme un peso que me oprimía el pecho, y sin embargo, tampoco me resolví a llevarlo a cabo. En fin, que certifiqué mi entrada en el club de "urbanita humano".

En este segundo trayecto las cosas no pintaban mejor. El viejo que junto a mí blandía su halitosis para hacerse un hueco cómodo era realmente efectivo, logrando que el resto de los pasajeros nos retirásemos hacia los cristales en un vano intento de huida. Así dos largas paradas hasta la estación destino. Pero en el intervalo, una vez más hube de escuchar la necia pregunta que tanto me crispaba, que hacía que girase la cabeza y con mirada torva, llena de odio, respondiese de modo cortante.

-¿Vas a salir? -surgía de entre el bullicio un mínimo de una docena de veces en cada vagón y a cada parada.
Me encrespaba, ¡lo juro! Era posible que lo fuese a hacer o no, pero no soportaba que minuto y medio antes de que se abriesen las puertas fuese de este modo interpelado. ¿Qué cojones te importa? ¿Es que acaso no me apartaría para que pasases al salir? ¿Temes quedarte encerrado en este vagón? Gilipollas...

Finalmente bajé, me descosí del telar zurcido entre todos bajo tierra. Antes de ganar la salida me deslicé hacia la misma por la atiborrada escalera mecánica y, siguiendo las convenciones de civismo barato, avancé por el lado siniestro sin detenerme a descansar las piernas.
Fuera seguía lloviendo y a mí me daba igual. Una vez quedé liberado, juré que nunca más viajaría en metro a aquellas horas. Falsas esperanzas de falsas personas, ¿qué ocurrió mañana? La respuesta es obvia...

PD A nadie le interesa pero a mí sí, y me he propuesto dejar constancia de ello: La Yonki que veía a diario en las escaleras del metro hizo una promesa tras la vigésima paliza (no sólo física, sino también verbal y emocional) sufrida, se volvía a su pueblo el jueves; sé de buena tinta que lo logró. ¡Ole por ella!

FIN