El Santo resucitado
por Eloy Gómez Rube


West-Berlín.Julio, 1989.

ALVAREZ CASCOSIñaky era hijo de un militar. No sé que lugar de esa estúpida escala se encontraba su padre situado pero a juzgar por el aspecto y el dinero que el tipo gastaba, era fácil adivinar que mínimamente pertenecía a la escala media-alta. Iñaky solía venir a pasear y pasar el tiempo con nosotros, una pandilla de hijos de proletarios. Y, aunque en aquellos tiempos, la época final de la dictadura frankista, la casta militar estaba muy cerrada en si misma, a él le gustaba vacilar con nosotros y jamás hizo ostentación de su ropa cara, o de la plata que su padre le daba para sus gastos personales. Es decir, su comportamiento fue siempre de un tío legal.

Pero poco a poco su aspecto de chico impecable fue trocándose en desaliñado adquiriendo una pinta de menda drogata. Comenzó a ingerir pastillas para los nervios que, mezcladas con alcohol, le ponían en un estado de babosez insoportable. Algunos de sus amigos observamos el cariz que iba tomando su vida, lo comentamos e intentamos echarle un cable para que el tío no se fuera a pique pero, de súbito, él dejó de venir por nuestra plazoleta. Pasó un mes, cinco, nueve, un año y otro, hasta que de pronto, un día en una céntrica plaza de la ciudad me topé con él, ¡joder, como había cambiado!. Ya no era aquel modosito hijo de militar de la escala media-alta, ni el incipiente hippie que yo recordaba. Su ropita de chico bien la había sustituido por ropas tomadas de un ropero y vaya usted a saber de que organización caritativa católica. Su cabello era ahora una asquerosa maraña que se arrascaba insistentemente mientras me relataba lo que había sido su vida desde que abandonara Cádiz hasta el día de hoy

Su padre, por motivos profesionales tubo que trasladarse a Cáceres y allí le sorprendió la dama de la guadaña tres años mas tarde, y él ( Iñaky ), la coloquera que había iniciado en nuestra ciudad la prosiguió, y además en sentido ascendente una vez libre del treno paterno. Me relató que se había dedicado a recorrer todas las ferias españolas colándose en los trenes como aquellos vagabundos del Darhma de Keruacks, que a él tanto le deleitaba leer, y limitándose a pedirle un poco a la vasca transeúnte de esos recintos feriales.

Ahora se encontraba de nuevo en su ciudad en la que aún conservaba algunos familiares y amigos de la escuela. Venía para mofarse de ellos y ponerles en aprietos. Algunos de estos, cuando lo encontraban tirado en la calle como una apoteosis hippie, le esquivaban. Pero él, dándose cuenta de ello, iba directamente hacía ellos para besarlos y entablar conversación. Era cachondo verlo actuar.

Su estancia duró poco tiempo, y de nuevo desapareció tal como había venido, es decir sin anunciarse. Pronto su recuerdo se me borró de la mente hasta que un día volví a toparme con él, esta vez en Ceuta.Yo había embarcado en el ferry después de haberme pasado un par de meses vacilando en tierras del moro, esta vez su aspecto era mucho mas terrible que el de antes cuando estuvo en Cádiz. El tío estaba hipersucio y negras roñas le cubrían las partes libres de su cara , cubierta ahora por una barba salvaje y rastafari. Los ojos repintados una y mil veces sobre la misma base de maquillaje sin limpiar, sus ojos le confería un halo y aspecto de superloco, pero lo que mas me llamó la atención fueron los moretones nazarénicos que presentaban sus muñecas y espalda fruto de una brutal paliza propinada por la madera ceutí en los calabozos de la "jefa" (comisaría), y es que estos tipos quien no les caiga bien lo tienen claro y, ya se sabe, la ley está de su parte. Mientras el ferry iba dejando a nuestras espaldas la última colonia española en las puertas del Afrika mora-negra-misteriosa, nos engolfamos hablando de mil cosas y él me participó su deseo de quedarse a vivir en Cádiz sensa-tempo.

En Cádiz, una ciudad tan aburrida últimamente y donde nun­ca sucede nada fuera del control social, a Iñaky le bastó poco mas de un mes para convertirse en personaje popular. Gracias a él, la ciudadanía podía toparse con un Iñaky lo mas versado en lo tocante al travestismo imaginativo, pues un día aparecía de paracaidista caído en desgracia en las FF.AA. y al otro, o incluso a veces en el mismo día, de pintor de la corte española del siglo XVII, de hippie de Woodstock, bombero futurista, en fin, de las cosas y personajes mas inimaginables. Parecía como si el tipo dispusiera de un baúl mas grande que el de la Piker, y así, de esta guisa vestido se dedicaba a pedir pela a las gentes, recoger fruta desdeñada por los vendedores del mercado. Por la noche hurgaba con frenesí en las basuras con la hipnótica fruición de hallar nuevos elementos con los que disfrazarse, y a todo esto, casi nunca se lavaba con lo cual, acercarse a él era todo un atrevimiento. A veces parecía una estampa extraída de la época de los mujiks zaristas. Ahora me viene al recuerdo un boicot que el tipo se marcó contra los capitalistas que, en su argot, son todas las personas normalmente vestidas.

Se sentó en uno de los bancos de madera que hay junto al edificio de correos, esta vez sin pedir. Solamente se dedicaba a observar el ajetreo de las mujeres-esclavas con sus carritos de compra que iban y venían del mercado, a los hombres que de un lado para otro iban con su industria o negocios. Nadie se sentaba en su banco y, en un momento determinado sin que nadie percibiera nada, extrayendo de su bolsillo una pequeña lata de pintura, la extendió sobre el mismo. Hecho esto se marchó a una esquina para ver que pasaba, algunas personas se sentaron en el banco y al levantarse su traje llevaba marcas de la pintura que Iñaky había esparcido un rato antes. el tipo se partía de risa viendo esto y como los capitalistas perdían su buen gusto en el vestir.

Después de cierto tiempo de rular de un lado hacía otro de la ciudad, Iñaky sintió la necesidad de "establecerse" en un lugar fijo, y para ello eligió el hueco de una puerta de un viejo comercio cerrado hacía ya la tira de años en una importante arteria de la ciudad. Era digamos su "oficina", escribía un cartelito con el típico rotulo: "Tengo hambre, solo pido para comer " y así, con el tal cartelito, el tipo pasaba casi de hablar con sus bienhechores. Era como si se hubiera metido en una etapa de interiorización zen. De vez en cuando, abandonando el cartel en la acera pero bien visible y dejado el saco de dormir en un hueco del local, se piraba a darse un garbeo por la ciudad. Al cabo regresaba, recogía la cose­cha y se regalaba un almuerzo en un restaurant barato y, sí el día había sido bueno, pues al barrio Santa María a por su racioncita de hachischs. A veces me lo encontraba al regresar de mi trabajo en su bureau y me paraba un rato a charlar con él, echábamos un cigarrillo y comentábamos cosas. Me encantaba el absoluto abandono cristiano de las cosas mundanas y el desprecio que sentía por todas las reglas establecidas del comportamiento. Otras veces al pasar, Iñaky dormitaba tan líndamente en aquel hueco del viejo al­macén. Un día me puse a hablar en serio con él y de majara no tenía un pelo por supuesto, eso ya lo sabía yo, simplemente pasaba de todo, se reía del mundo y éste encima le alimentaba. El no deseaba nada ni tenía otras pretensiones en su vida que pasar un día tras otro riéndose el mundo y sus problemas.

Sin embargo, un día al pasar por aquella calle donde tenía instalado su cuartel general no le vi, ni al siguiente, ni al otro, ha­bía desaparecido y se corrió la voz por toda la ciudad que Iñaky había amanecido tieso en su hueco víctima de una fulminante hepatitis B. Me dio pena su desaparición por él en si y sobre todo por esta ciudad que había perdido con él esa figura burlona que nos recordaba con sus disfraces y su estilo lo estúpido de nuestro vivir entregados a un trabajo esclavizante y deshumanizado para, al fin y al cabo, morir sin podernos llevar nada consigo hacia el Reino de San Pedro. Algunos amigos que conocíamos bien a Iñaky derramamos sinceras lágrimas por su pérdida, pero he aquí que un día estando yo sentado en la terraza de un bar en la plaza de abastos junto con unos colegas, veo venir en mi dirección a un tipo que me recordaba cien por cien a tan singular personaje. No dije nada a nadie, me levanté rápidamente y, cuando estuve a un paso del tipo, le pregunté tomasianamente incrédulo y mirándole a los ojos:

—Iñaki, ¿tú no estás muerto?

—¿Muerto yo? ¡que va! -me respondió, aunque sin extrañarse por mi pregunta.

—Es que me habían dicho.. -no me dejó proseguir.

—Ya, ya sé que se corrió la voz por ahí de que la había palmado, lo que pasa es que me he echado una novia y estoy todo el día en su casa jodiendo- me dijo.

— ¿Puedo tocarte?-le rogué.

- Sí, claro, puedes tocarme, así verás que no soy un fantasma -repuso sin objetar nada a mi deseo de cerciorarme.

Lo toqué y nos reímos muchísimo de como los bulos se propalan mas veloces que el viento. Descubrir que él no estaba muerto me alegró muchísimo, me encargué de vocear entre los colegas míos y de él que había resucitado. Los mas cachondos de mi grupo convinimos en organizarle un homenaje de bienvenida de nuevo al mundo de los vivos. El aceptó encantado y el día del homenaje, a los postres, Iñaky volvió a concebir otra de sus muchas geniales ideas para sacar plata sin doblar el espinazo. Iba a correr la voz de que efectivamente había resucitado, que no era una broma nuestra.

El mangar pelas con estas historias en Andalucía y en cualquier otro lugar es sumamente sencillo, pues en el caso de Andalucía parece ser la tierra elegida por Santa María para sus apariciones, así como la de santones y sectas. También estos tiempos de crisis de valores la gente busca en lo sobrenatural la soluficción a sus problemas de hombres grises. Pues del dicho al hecho, Iñaky pasó al hecho con celeridad desacostumbrada en su persona.

No sé como se las ingenió para sacar las pelas, pero en pocos días comenzó a vender por toda la ciudad estampitas con su imagen de santo barbudo, pero esta vez mas limpio ¡así se supone que deben ser los santos! El tío paraba a las gentes en las calles y les largaba aquella historia de que había resucitado y que en el ínterior Dios le había dotado con poderes para curar el mal de los que en él creyesen (en Iñaky, claro). El negocio le vino de peras, las estampitas las vendió como rosquillas y de ahí pasó a confeccionar grandes poster que colocaba en bares, paradas de autobuses y allá donde hubiera un lugar desocupado. Parecía todo un gurú de la época ácida del hipismo. De la comunicación oral y personal fue al uso de la técnica y ya vendía en cásettes sus discursos curativos y espirituales. Se hablaba tanto de él en toda la ciudad que el periódico local se interesó por el tema realizándole una entrevista en las páginas culturales del domingo a cargo de una prestigiosa firma, con lo cuál su fama se extendió como una mancha de aceite por aldeas y pueblos de la provincia. Su fama de santidad creció como la luna llena. Y así, ante el imparable éxito conseguido, se construyó una especie de ermita en una azotea del casco viejo y, en ella, dos veces a la semana recibía a sus devotos locales y foráneos. Había nacido una nueva secta: Los amigos del Santo Resucitado.