“...Y digan los hombres lo que quieran, mientras haya gobernantes que llamen suya a la tierra y dictaminen que tal parcela pertenece a éste o a aquél, el pueblo no tendrá libertad ni el país se verá libre de disturbios, opresión y querellas, cosas, todas éstas, que ofenden al Creador”.
Gerard Winstanley (The Law of Freedom, 1652)

"De acuerdo con los pensadores cristianos, el pensamiento bíblico conduce directamente al anarquismo, la única posición ''política anti-política'".
Jacques Ellul (1912-1994)

Por ApostoloZeno

Desde tiempos remotos la Iglesia católica, apostólica y romana, también conocida como “Babilonia la Grande, la madre de las rameras”, ha padecido, a veces en silencio y otras con gran alboroto, de almorranas. Ya decía el papa Gregorio VII , en 1078, que “la costumbre de Roma consiste en tolerar ciertas cosas y silenciar otras”. Tolerar, toleraron más bien poco, pero silenciar se les dio de perlas.

Bien sabía la curia católica “cuán provechosa” les resultaba “esta fábula de Jesucristo”, como confesó el papa León X en una carta al cardenal Bembo , sin embargo, ya fuera porque algunos se tomaron la fábula en serio o porque la interpretaron a su manera, la cosa se les fue de las manos y las nalgas papales se llenaron de granos de todo tipo: berenganos, cátaros, valdenses, albigenses, anabaptistas, apostólicos, patarinos, brogardos, lolardos, fraticellis, espirituales, dulcinistas, joaquinitas, husitas… A todos estos furúnculos, Roma los llamó herejes, que, en su sentido etimológico, quiere decir “el que escoge”, el que elige. Y ya sabemos, porque durante siglos lo ha demostrado sobradamente, que a la Iglesia católica eso de la libre elección nunca le ha hecho demasiada gracia.

Les hiciera gracia o no, el caso es que Europa comenzó a llenarse de iluminados que elegían por sí mismos, chalados que se pusieron a traducir la Biblia del latín a las lenguas vernáculas, a decir que, si Dios los había hecho a todos iguales, por qué iban a ser o tener unos más que otros, a condenar la propiedad y las riquezas, a criticar la corrupción del clero y sus estómagos ahítos, a cuestionar dogmas católicos como el bautizo de infantes, la adoración de imágenes o la utilización de suntuosos edificios para celebrar la misa. Y la Iglesia acabó diciendo: “Matadlos a todos; Dios reconocerá a los suyos”.

Capítulo I. Los primeros disidentes y los Hermanos del Espíritu Libre
Capítulo II. Los valdenses o Pobres de Lyon
Capítulo III. Los cátaros o albigenses
Capítulo IV. Anticlericalismo y plutofobia en la Edad Media
Capítulo V. ¡Pan por el amor de Dios! El revival de la herejía del Espíritu Libre