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Herejes, iluminados y rebeldes |
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Por ApostoloZeno |
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"De acuerdo con los pensadores cristianos, el pensamiento bíblico conduce
Desde tiempos remotos la Iglesia católica, apostólica y romana, también conocida como “Babilonia la Grande, la madre de las rameras”, ha padecido, a veces en silencio y otras con gran alboroto, de almorranas. Ya decía el papa Gregorio VII, en 1078, que “la costumbre de Roma consiste en tolerar ciertas cosas y silenciar otras”. Tolerar, toleraron más bien poco, pero silenciar se les dio de perlas. Bien sabía la curia católica “cuán provechosa” les resultaba “esta fábula de Jesucristo”, como confesó el papa León X en una carta al cardenal Bembo, sin embargo, ya fuera porque algunos se tomaron la fábula en serio o porque la interpretaron a su manera, la cosa se les fue de las manos y las nalgas papales se llenaron de granos de todo tipo: berenganos, cátaros, valdenses, albigenses, anabaptistas, apostólicos, patarinos, brogardos, lolardos, fraticellis, espirituales, dulcinistas, joaquinitas, husitas… A todos estos furúnculos, Roma los llamó herejes, que, en su sentido etimológico, quiere decir “el que escoge”, el que elige. Y ya sabemos, porque durante siglos lo ha demostrado sobradamente, que a la Iglesia católica eso de la libre elección nunca le ha hecho demasiada gracia. Les hiciera gracia o no, el caso es que Europa comenzó a llenarse de iluminados que elegían por sí mismos, chalados que se pusieron a traducir la Biblia del latín a las lenguas vernáculas, a decir que, si Dios los había hecho a todos iguales, por qué iban a ser o tener unos más que otros, a condenar la propiedad y las riquezas, a criticar la corrupción del clero y sus estómagos ahítos, a cuestionar dogmas católicos como el bautizo de infantes, la adoración de imágenes o la utilización de suntuosos edificios para celebrar la misa. Y la Iglesia acabó diciendo: “Matadlos a todos; Dios reconocerá a los suyos”. LOS PRIMEROS DISIDENTES Uno de estos precoces heresiarcas fue el monje benedictino Berengario de Tours, que allá por el año 1000 se puso la sotana por montera y comenzó a despotricar de la Iglesia por apartarse del verdadero mensaje del Evangelio, que según su visión, condenaba las riquezas y el poder, dos cosas muy del gusto de Roma. Por eso, y por negar la presencia de Cristo en la eucaristía (algo que hoy sabe todo quisqui, pero que entonces ni se sospechaba), Berengario y sus seguidores, los berenganos, fueron condenados por la cúpula católica en los años 1050 y 1051. Años más tarde, un sacerdote de los Alpes franceses llamado Pedro Bruis, colgó los hábitos porque no estaba de acuerdo con el bautismo de niños, la transubstanciación, las oraciones para los muertos, la adoración de la cruz, la necesidad de tener edificios que sirvan de iglesias y otras milongas católicas. Tras ser expulsado de su diócesis de los Alpes, Bruis se fue a predicar por todo el sur de Francia y consiguió muchos discípulos además de acabar siendo pasto de las llamas en 1140. Enrique de Lausana, también conocido por Enrique de Cluny o Enrique de Tolouse, continuó la obra de Bruis. Enrique era monje y ya en 1101 había empezado a echar pestes en contra de la liturgia eclesiástica, la corrupción del clero y la jerarquía de la Iglesia. Sostenía que no había más verdad que la que se pudiera deducir de las mismas Escrituras. Como su colega Bruis, predicó por todo el sur de Francia, hasta que en 1148 fue a parar con sus huesos en la cárcel, donde acabó espichándola. LA HEREJÍA DEL ESPÍRITU LIBRE La Herejía del Espíritu Libre fue iniciada por los sufíes de Sevilla en el siglo XII. Tenían tres principios básicos: Todo es divino; no hay vida después de la muerte (el cielo y el infierno son estados del alma durante la vida); y conocer a Dios hace a uno incapaz de cometer pecado. Si Dios es el creador de todas las cosas y creó al hombre a su imagen y semejanza, pensaban estos descarriados herejes, cualquier comportamiento del que seamos capaces, sea “bueno” o sea “malo”, es un reflejo de la divinidad de Dios. Los seguidores del movimiento del Espíritu Libre sufrían una iniciación de obediencia ciega a su maestro durante varios años antes del gozo de la libertad de acción total. Unido con Dios, el individuo estaba por encima de todas las leyes, iglesias y ritos. Y por tanto, podía hacer literalmente lo que le diese la gana, como por ejemplo, ir desnudo. Los "Hermanos del Espíritu Libre" se hicieron famosos en su época por hacer manifestaciones en pelota picada y, dicen también, que por las fabulosas orgías que se montaban en las catacumbas. Ellos las llamaban "servicios divinos". Predicaban la sublimidad de los "apetitos humanos", hasta el punto de que se mostraban a favor del incesto. Rechazaban la Iglesia, los Sacramentos y las Sagradas Escrituras, practicaban el amor libre y robaban en nombre de la "comunidad de bienes". O sea, que eran unos punkis de mucho cuidado. La herejía se extendió con los santos mendigos que vagaban por los caminos de Europa occidental acompañados de viudas y solteronas llegando a Bohemia, donde sus seguidores fueron conocidos como los "picardos". Entre sus defensores famosos se incluyen Margarita Porete y Heinrich Suso, quien en 1330 describió la libertad como “cuando un hombre vive según sus caprichos sin distinguirse entre Dios y él mismo, y sin mirar antes o después”.
Próxima entrega 'Los valdenses o pobres de Lyon' |
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