LOS VALDENSES O POBRES DE LYON
En 1173, un rico y devoto mercader de Lyón llamado Pedro Valdo (o Waldo) está hablando con un colega cuando de repente se le muere delante de sus narices. Pedro se queda patidifuso, comienza a entrarle canguelo eso de morir en pecado y acude raudo y veloz a un cura amigo suyo. Éste se marca un farol y le dice: “Si quieres ser perfecto, ve, vende tus bienes y dáselo a los pobres”. Pero Pedro no pilló la ironía y se tomó el consejo al pie de la letra: le pasó una pensión a su mujer y a sus dos hijas, encargó a dos sacerdotes que tradujeran los Evangelios al provenzal para que sus paisanos lo entendieran y distribuyó el resto de sus posesiones entre los pobres.
Cuentan que en las fiestas del pueblo Valdo se puso a repartir su dinero gritando "Ningún hombre puede servir a dos amos, a Dios y a Mammon" (que no es ningún cabrón, sino el dios del dinero). Y mientras la gente se quedaba con la pasta del supuesto chiflado, Valdo les espetó: "Conciudadanos y amigos, no estoy loco, como pensáis, sino que solamente me estoy vengando de mis enemigos, que me hicieron un esclavo, de modo que tuviera siempre más cuidado del dinero que de Dios, y sirviera a la criatura más que a su Creador. Ya sé que muchos me culparán por actuar así abiertamente. Pero lo hago por mi propio interés y por el vuestro; en el mío, de modo que aquellos que me vean a partir de ahora poseyendo algún dinero digan que soy un loco; en el vuestro, para que aprendáis a poner la esperanza en Dios y no en los ricos".
Entre esto y las Biblias traducidas que fueron rulando de mano en mano, poniendo por primera vez las Escrituras en manos del pueblo que, por supuesto, sacó sus propias conclusiones, Valdo encontró un gran número de seguidores, especialmente entre los campesinos y los artesanos. El clero comenzó a recelar de aquellos hombres humildes, ya conocidos como “los pobres de Lyon” que, de dos en dos, descalzos y harapientos, iban predicando a su manera la “Palabra de Dios”. Para ellos, cualquier cristiano, fuera hombre o mujer, podía predicar siempre y cuando tuviese suficiente conocimiento de las Escrituras.
En 1179 el papa Alejandro III prohibió a Valdo y a sus seguidores predicar sin el permiso del obispo local, el cual, como era de esperar, se negó a dárselo. Pero Valdo y los suyos hicieron oídos sordos y replicaron a la jerarquía católica tomando las palabras de Hechos 5:29: “Tenemos que obedecer a Dios como gobernante más bien que a los hombres”. Y con estas siguieron vociferando sus doctrinas.
Los valdenses estaban apasionadamente interesados por una reforma de la Iglesia según las líneas del ideal apostólico representado por el Nuevo Testamento. Este ideal promovía la pobreza y la simplicidad del estilo de vida. Los miembros ‘perfectos' de la comunidad hacían comunismo y celibato obligatorios, sin embargo a los ‘discípulos' se les permitía casarse y tener propiedades. Los valdenses fueron de los primeros insumisos declarados de la historia. Se negaron a cumplir el servicio militar, abogaron por la supresión del Estado y condenaron la pena de muerte. Además criticaron la corrupción eclesiástica y la enseñanza y práctica de la Iglesia sobre el purgatorio y las indulgencias. Rechazaron la adoración de imágenes, la transubstanciación, el bautismo de infantes, el culto a María, las oraciones a los santos, la veneración de la cruz y las reliquias, el arrepentimiento de última hora, la confesión a los sacerdotes, las oraciones a los muertos, las indulgencias papales, el celibato sacerdotal y el uso de imponentes y elegantes edificios religiosos para celebrar misa. De hecho, los valdenses celebraban la eclesia, la asamblea, de forma clandestina en establos, hogares particulares o donde quiera que encontrasen un hueco. Consideraban a Roma como “Babilonia la Grande, la madre de las rameras” e invitaban a la gente a huir de ella.
En 1184 el papa Lucio III los excomulgó junto con otro grupo formado por obreros de la lana de Milán conocidos como “los humillados” (descendiente de los 'patarinos' o 'pordioseros'), y el obispo de Lyon los expulsó de la diócesis provocando una diáspora de valdenses que extendieron su mensaje no sólo por el sur de Francia y el norte de Italia, sino también por el este y norte franceses, por España, Flandes, Alemania, Austria, Bohemia y Polonia, donde Valdo murió en 1217. La Iglesia de Roma puso todos los medios de que disponía para exterminar a los valdenses, los cuales se unieron por un tiempo con los humillados formando el movimiento de los ‘Pobres lombardos'. A la pregunta de cómo distinguir a los herejes del resto de la población durante la toma de Béziers, el abad de Citeaux, Arnaud Amalric, legado papal, contestó: “Matadlos a todos; Dios reconocerá a los suyos”.
Miles de personas fueron asadas en las barbacoas organizadas por la Inquisición. La Santa Sede rabiaba de envidia e impotencia, al ver cómo el ejemplo de los valdenses prendía entre los simples como la pólvora. “Sus adherentes viven justamente delante de todos los hombres y creen en todos los artículos del Credo, respetando en todo a Dios: Solamente blasfeman de la Iglesia y del clero romanos: por esto tan grandes multitudes de laicos les prestan atención”, dijo de los valdenses el inquisidor de Passau en el S. XII. Los muy jodidos se cagaban en la jerarquía católica y encima daban ejemplo:
“Los herejes valdenses se distinguen por su comportamiento y el habla. Son impasibles y sensatos. No se esfuerzan en llamar la atención con vestidos extravagantes o indecorosos. No son comerciantes con el fin de evitar mentir, jurar o engañar. Viven únicamente del trabajo artesano de sus manos. También sus maestros son tejedores y zapateros. No acumulan riquezas, sino que se contentan con lo necesario para vivir. Comen y beben con moderación, no frecuentan posadas ni van a bailes u otro lugares de mala reputación. Son lentos para la ira. Son trabajadores, se dedican a aprender y a enseñar. Les reconocerán por su manera de hablar: con cordura y veracidad. No difaman, no hablan con palabras vulgares o vacías. Evitan toda expresión que pueda ser mentirosa o de juramento. No dirán “sinceramente” o “de verdad”, sino que se limitarán a decir “si” o “no”. Según ellos hacen así porque Jesús lo ordenó en Mateo 5:37”. (Passauer Anonymus).
A pesar de los pesares, la Iglesia los persiguió hasta la tumba. El papa Inocente III autorizó a ciertos monjes como inquisidores, se montaron infinitud de procesos judiciales contra cualquier sospechoso de herejía y se instituyó la orden de los frailes dominicos para contrarrestar las influencias doctrinales de los valdenses.
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