LOS CÁTAROS O ALBIGENSES
La herejía albigense se mantuvo activa desde mediados del siglo XII hasta mediados del XIII. Albigense deriva del albigés, proveniente de la comarca situada al noreste de Tolosa (Toulouse) cuyo centro era Albi. El movimiento tuvo su foco central en el sureste francés y el Rosellón catalán, la zona conocida como Occitania o Langedoc. También denominados cátaros, apelativo de origen griego que significa ‘puro', nadie sabe quién fue su fundador o sus fundadores.
En Occidente, son predicadores ambulantes los que importan de Oriente el catarismo con su nombre griego. Al principio predicaron, también con el ejemplo, el ideal de vida apostólica y evangélica, por ello encontraron mucha aceptación. Pero pronto revelarán su doctrina dualista, “que indudablemente no es de origen popular ni puramente bíblica”, como asegura H. Grundmann. “Se trata de una cosmogonía y una mitología orientales, sin dudas derivadas del maniqueísmo, que son absolutamente incompatibles con la doctrina y la moral de la Iglesia”, dice el historiador.
Maniqueos y orgullosos de serlo, para los albigenses sólo existen dos poderes enfrentados: la luz y la oscuridad; el dios bueno, creador del espíritu, y el dios maligno, Satán, creador de lo material. Por su desprecio al cuerpo (que por algo es material), los albigenses se oponían al matrimonio y practicaban una ascesis tan rigurosa que algunos llegaban a morirse literalmente de hambre, dieta a la que llamaban 'suicidio de liberación'.
Rechazaban la divinidad de Cristo y casi todos los sacramentos de la Iglesia establecida. Se oponían a la jerarquía eclesiástica y pensaban que Jesús dio por igual a todos sus apóstoles, sin afán de poder ni riquezas. Cuestionaron el bautismo, la eucaristía, la virginidad de María, la conversión del pan y del vino en cuerpo y sangre de Cristo… Influidos por las filosofías orientales, creían en la reencarnación y muchos llegaron a hacerse vegetarianos. Además de maniqueos, los albigenses eran milenaristas. Aseguraban que en cuanto Jesús regresara a la Tierra (y pensaban que estaba al caer) desaparecerían la propiedad, el dinero, el clero, los reyes, los ricos, los pobres, las guerras, las naciones y demás desatinos humanos.
Aunque la herejía albigense fue un movimiento de amplias dimensiones, un movimiento de masas, no debemos caer en el error de imaginarnos a todo el Languedoc poblado de ascetas escuálidos y comeflores clamando por la abolición del dinero y del poder. Tan sólo los “perfectos” guardaban rigurosamente los preceptos de la doctrina cátara; luego estaba “una masa seducida por las virtudes de los ‘perfectos', pero a la vez de ningún modo deseosa de romper con sus marcos habituales, muy poco al corriente, por lo demás, de las contestaciones dogmáticas”, según P. Wolf.
Los albigenses fueron condenados en el Concilio de Luterano por orden del papa Alejandro III. Sin embargo sus ideas no dejaron de propagarse, e incluso ricos y nobles, como los condes de Tolousse, de Foix y de Beziers, abrazaron interesadamente la causa. El papa inició entonces una cruzada contra ellos ofreciendo indulgencias y una parcelita en el Cielo a todo aquel que fuera a combatirlos. Aunque las diferentes cruzadas anti-albigenses acabaron en 1229 con la rendición de Tolosa, continuaron incursiones militares puntuales como el asedio y la toma del último gran castillo cátaro, Montsegur, en 1244 y la acción de la inquisición contra aquellos grupúsculos resistentes que se refugiaron en el Pirineo catalán.
Claro que la Iglesia católica tiene otra versión de lo sucedido. Según la Iglesia, la que verdaderamente acabó con los albigenses fue la mismísima Virgen María en persona, que se le apareció a Santo Domingo, quien había sido achuchado por Inocencio II para que les comiera la oreja a los herejes, y le regaló un rosario para que lo blandiera “en contra de los enemigos de la Fe”. Gracias al rosario, Santo Domingo logró convertir a los pobrecitos de los cátaros que, engañados por el Demonio, se habían apartado de la senda marcada por la Cúpula eclesiástica. O sea, que las cruzadas, las persecuciones y las hogueras no tuvieron nada que ver.
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