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A mediados del siglo XIII comenzó a ser habitual encontrar por las calles de numerosas ciudades europeas a mendigos harapientos vestidos con hábitos rojos y encapuchados que iban en ruidosos grupos orando por las almas y pidiendo limosna al grito de "¡Pan, por el amor de Dios!". La gente los conocían con el nombre de beghards -la palabra inglesa "beg" significa "mendigar"- y no tardarían en ser señalados por el dedo acusador de la Iglesia Católica, que sin titubeo alguno, los calificó de herejes.
Los begardos fueron una suerte de fraternidad de indomables y revoltosos "monjes errantes" que allá donde iban la liaban. Uno de sus pasatiempos favoritos era interrumpir las ceremonias religiosas mostrando su desprecio por la disciplina eclesiástica y clamando contra los curas y frailes de vida relajada. Predicaban frenéticamente, sin autorización pero con gran éxito popular, y al menor disturbio, se dispersaban en pequeños grupos, migrando de montaña en montaña como guerrilleros del maquis. Por lo general, estos "mendigos santos", de muy distintas procedencias sociales, hacían vida de ermitaños, felices en las montañas, yendo de un lado para otro, instalándose en "refugios de pobreza voluntaria" cerca de las ciudades y malnutriéndose de la caridad de la gente.
En un principio, los begardos no tenían en común ninguna doctrina herética en particular, cada uno era de su padre y de su madre, pero hacia mediados del siglo XIV las autoridades eclesiásticas advirtieron que entre ellos existía cierto número de misioneros del Espíritu Libre, herejía que la Iglesia creía extinguida desde hacía más de un siglo. Recordemos que los hermanos del Espíritu Libre eran algo así como iluminados ultra anárquicos que hacían lo que les daba la gana bajo la excusa de estar inspirados por el mismísimo Creador. Los begardos tomaron el testigo.
El público objetivo de las prédicas begardas, como diría un publicista, fueron las mujeres, particularmente las viudas y solteronas de clase alta. Estas mujeres, conocidas como beguinas, tuvieron una especial importancia en la divulgación de la herejía del libre espíritu. Aunque vestían como religiosas -con una túnica de lana gris o blanca con capucha y velo- vivían a su aire: algunas de ellas vivían con sus familias o bien se ganaban el pan con su trabajo; otras vivían como mendigos errantes; muchas se constituyeron en comunidades religiosas no oficiales, conviviendo en una casa o grupo de casas. Las beguinas se multiplicaron en la región que actualmente ocupa Bélgica, en el norte de Francia, en el valle del Rhin -Colonia contaba con doscientas beguinas-, en Baviera y en ciudades de Alemania central.
Junto con los begardos fueron condenadas en el concilio de See de Mainz en 1259, repitiéndose la condena en 1310. Estos concilios excomulgaban a los "mendigos santos" que, en comportamiento y vestidos, se distinguían de los demás cristianos, y ordenaban que si se negaban a entrar en vereda debían de ser expulsados de todas las parroquias. Al mismo tiempo empezó a discutirse la ortodoxia de las beguinas. En el valle del Rhin se prohibió a los monjes que hablaran con una beguina a no ser en la iglesia o en presencia de testigos; si un monje entraba en una casa de beguinas podía ser castigado con la excomunión. En 1274, un franciscano de Tournai informó que, aunque no estaban preparadas en teología, las beguinas se deleitaban en nuevas y sutilísimas ideas. Habían traducido las Escrituras al francés e interpretado sus misterios, sobre los que hablaban de forma irreverente en sus reuniones y en las calles. Las Biblias vernáculas, llenas de errores y herejías, estaban a disposición del público en París. Un obispo del oriente de Alemania se quejaba de que estas mujeres eran perezosas charlatanas vagabundas que se negaban a obedecer a los hombres bajo pretexto de que Dios era mejor servido en libertad. En 1317 el obispo de Estrasburgo, después de recibir muchas quejas sobre la existencia de la herejía en su dioócesis, creó una comisión de investigación, pudiendo pronto enviar una carta pastoral basada en sus hallazgos a su clero. Se prohibía a los "hermanitos y hermanitas del Espíritu Libre" -vulgarmente conocidos como "beghards y mendigos de pan por el amor de Dios"-, so pena de excomunión, que llevaran sus vestiduras peculiares; igualmente se prohibía al pueblo bajo pena de excomunión que dieran limosnas a los así vestidos. Se declaraban confiscadas en favor de los pobres todas aquellas casas en las que se tuvieran reuniones heréticas. Debía entregarse toda la literatura herética y ser abandonado el grito limosnero de "pan por el amor de Dios". El obispo hizo todo lo posible para asegurar que estas instrucciones se llevaran a buen termino. Visitó su diócesis y, al encontrar en todas partes signos de herejía, organizó la primera Inquisición Episcopal regular en suelo alemán. Aún así la doctrina del Espíritu Libre siguió propagándose.
En el siglo XVI, en medio de la tormenta de la Reforma, los Países Bajos y el norte de Francia vieron la propagación de una doctrina que fue llamada "libertad espiritual" pero que en todos sus puntos esenciales era todavía la antigua doctrina del Espíritu Libre -doctrina que resultaba tan antipática a los protestantes como a sus oponentes católicos. Un sastre llamado Quintín fundó a mediados del siglo XVI una secta que, según el historiador Norman Cohn, heredó todo el anarquismo de la Fraternidad medieval del Espíritu Libre. Quintin era oriundo de Hainaut y se le empezó a conocer en Lille en 1525; una década más tarde se dirigió a París con otro sastre y un sacerdote apóstata. En 1543 Quintin y otros tres compañeros consiguieron empleo como servidores en el séquito de la reina Margarita de Navarra, que les aceptó como místicos cristianos. Dos años más tarde Calvino escribió a Margarita previniéndola para que no se dejara engatusar por estos "libertinos espirituales". Parece ser que finalmente Quintin fue expulsado de la corte, pues en 1547 estaba de nuevo en su patria. Como consecuencia de haber intentado seducir a cierto número de damas respetables de Tournai, fue descubierto, juzgado y quemado.
La ideología de la Fraternidad del Espíritu Libre y de sus sucesores los libertinos espirituales ha sido calificada como doctrina del anarquismo místico. En un esbozo escrito hacia 1330 en el principal centro de la herejía, Colonia, el místico católico Suso -del que ya hablamos en la primera entrega de esta serie- evoca con admirable concisión las cualidades del Espíritu Libre que le hacían esencialmente anárquico. Suso explica que un límpido domingo, mientras estaba sentado dedicado a la meditación, se le apareció a su espíritu una imagen ideal. Suso pregunta a la imagen (en plan Pimpinela): "¿De dónde vienes?". La imagen contesta: "No vengo de ninguna parte". "Dime, ¿quién eres?". "No soy". "¿Qué deseas?". "No deseo". "¡Esto es un milagro! Dime, ¿cómo te llamas?". "Me llaman violencia sin nombre". "¿Qué pretendes?". "Llegar a una libertad sin trabas". "Dime, ¿a qué llamas libertad sin trabas?". "Cuando el hombre vive según todos sus caprichos sin distinguir entre Dios y él, y sin mirar ni hacia adelante ni hacia atrás..."
Y es que debemos reconocer que estos místicos anárquicos eran muy suyos.
La beguina vienesa Agnes Blannbekin, a la que podemos ver en la imagen de la izquierda, cuenta en su libro ‘Vida y revelaciones', cómo "un día, al comulgar... comenzó a pensar en dónde estaría el prepucio de Jesucristo. ¡Y ahí estaba! De repente sintió un pellejito, como una cáscara de huevo, de una dulzura completamente superlativa, y se lo tragó. Apenas lo había tragado, de nuevo sintió en su lengua el dulce pellejo y, una vez más, se lo tragó. Y esto lo pudo hacer unas cien veces...". Ni garganta profunda oigan.
Lo que distinguió a los adeptos al Espíritu Libre de todos los demás sectarios medievales fue, precisamente, su total falta de moralidad. Para ellos la prueba de salvación consistía en desconocer la conciencia y los remordimientos. Son innumerables sus afirmaciones que testimonian acerca de esta actitud: "El que atribuye a sí cualquier cosa que hace, y no la atribuye a Dios, está en la ignorancia, es decir en el infierno... El hombre no hace nada por sí mismo". Y también: "El que reconoce que Dios hace en él todas las cosas no peca. Pues no debe atribuirse a sí sino a Dios todo lo que hace". "Un hombre que tiene conciencia es demonio, e infierno, y purgatorio, atormentándose a sí mismo. Quien es libre de espíritu escapa de todas esas cosas". "Nada hay que sea pecado, a excepción de aquello que se piensa que es pecado". "Uno puede estar tan unido a Dios que haga lo que haga no puede pecar". "Pertenezco a la libertad de la naturaleza, y hago todo lo que me pide mi naturaleza... soy un hombre natural". "El hombre libre tiene toda la razón cuando hace lo que le agrada". Estos dichos son típicos; y sus consecuencias, claras. Todo acto realizado por un miembro de esta minoría era llevado a cabo "no en el tiempo sino en la eternidad"; poseía un gran significado místico y su valor era infinito. Esta era la secreta sabiduría que un adepto reveló a un estupefacto inquisidor con la seguridad de que había sido "tomada de las más interiores profundidades del abismo divino" y mucho más digna que todo el oro del tesoro municipal de Erfurt. "Sería mucho mejor", añadió, "que el mundo fuera destruido y pereciera totalmente a que un 'hombre libre' se abstuviera de un acto que le pida su naturaleza". Naturalmente, ya podemos imaginarnos cómo acabó este hombre libre y sincero. Existe una descripción, escrita a mediados del siglo XIV y basada probablemente en la observación directa, de una beguina recitando su catecismo al beghard hereje, su director espiritual: "Cuando un hombre ha alcanzado realmente un conocimiento grande y superior ya no está obligado a observar ninguna ley ni mandamiento, pues se ha hecho uno con Dios. Dios ha creado todas las cosas para que sirvan a tal persona, y todas las cosas que Dios ha creador son propiedad de este ser... Tomará de todas las criaturas todo cuanto su naturaleza desee o anhele, y no tendrá ningún escrúpulo, porque todo cuanto es creado es suyo. Todos los pueblos y criaturas están obligados a servir a un hombre al que sirve el mismo cielo; y si cualquiera desobedece, sólo él es culpable".
Inmediatamente después de su éxtasis, sor Catalina recibe un consejo concebido en estos términos: "Ordenarás a todas las cosas creadas que te sirvan según tu voluntad, a mayor gloria de Dios... Llevarás todas las cosas hacia Dios. Si deseas usar todas las cosas creadas tienes derecho a hacerlo, pues toda criatura que uses la retornarás a su origen divino".
Para los "hermanitos y hermanitas del Espíritu Libre" eso de usar valía lo mismo para apropiarse de lo ajeno que para tirarse a cualquiera que se moviera. Según un avezado adepto si una mujer era "usada" por un hermano del Espíritu Libre se volvía más casta que antes, y si anteriormente había perdido su virginidad ahora la recobraba. Se decía que una de las señales más seguras de los "sutíles de espíritu" era, precisamente, la facilidad de darse a la promiscuidad sin temor a Dios ni remordimientos de conciencia. Algunos adeptos atribuían un valor trascendental, casi místico, al acto sexual realizado por ellos. Los Homines intelligentiae llamaban al folleteo "las delicias del paraíso" o la "subida" (término usado para la ascensión en el éxtasis místico); y los "amigos de sangre" turingios de 1550 lo consideraban como un sacramento al que llamaban "cristería". Para todos ellos el adulterio estaba dotado de un valor simbólico como afirmación de su emancipación. Nunca mejor dicho fornicaban como locos.
Además practicaban el nudismo de interior, es decir, iban por las calles en pelota picada. Argumentaban que habían retornado al estado de inocencia que existió antes de la caída. El agudo comentador Charlier de Gerson vio con toda claridad la conexión entre el culto a Adán y las prácticas de los hermanos del Espíritu Libre. Hizo notar que los turlupins iban a menudo desnudos, diciendo que nadie debe avergonzarse de ninguna cosa que sea natural. Pensaban que una parte esencial del estado de perfección sobre la tierra era el ir desnudos y sin remordimientos, como Adán y Eva en el jardín del Edén. Resulta muy curioso que la misma convicción de su infinita superioridad fue la que primero convirtió a los adeptos al Espíritu Libre en portadores de una doctrina social revolucionaria. Hacia el siglo XIV al menos algunos de ellos habían decidido que el estado de inocencia no podía reconocer la institución de la propiedad privada. En 1317 el obispo de Estrasburgo comentaba: "Creen que todas las cosas son propiedad común, de donde deducen que el robo les está permitido". Y en efecto así era. Trampas, robos, asaltos a mano armada, para ellos todo estaba justificado. Juan de Brünn reconoció que él había cometido todas estas cosas y dijo que eran normales entre los doscientos begardos que conocía; y hay pruebas de que realmente se trataba de prácticas comunes de la fraternidad de Espíritu Libre. "Deja que tu mano coja todo lo que vea y desee", era una de sus máximas.
El mangoneo y el desprecio por la propiedad privada perduró hasta los siglos XVI y XVII. Los libertinos espirituales descritos por Calvino defendían que nadie debía poseer ninguna cosa y que cada uno debía tomar todo lo que pudiera. Si todo esto hubiera sido simplemente una justificación del robo hubiera tenido poca importancia, pues los ladrones profesionales no tienen necesidad de doctrina y las demás personas no hubieran resultado afectadas. Pero, de hecho, lo que los hermanos del Libre Espíritu tenían que decir respecto a la propiedad privada tenía amplias implicaciones. "Dejad, dejad, dejad vuestras casas, caballos, bienes, tierras, dejadlo, haced cuenta de que nada es vuestro, tened todas las cosas en común...". La semilla anarcomunista volvía a germinar. |