Crítica al snobismo ONGista
Por Marco Montellano

"Gente que de tanto disfrazarse se convierte en un disfraz;
lo cual no quiere decir que adquieren la personalidad o
esencia de su disfraz sino que terminan siendo él.
Es decir, dejan de ser alguien para ser algo"
.

A repensar el concepto de trabajo social...

Luego de inspirar de cerca los aires flatulentos de algunos intachables ejecutivos de fundaciones y ong's que trabajan arduamente por la "transformación" y la "justicia" social, me permito el atrevimiento de intentar explicar su intrincada naturaleza (la de las personas, no la de las instituciones, aunque las primeras repercutan directamente sobre las segundas) esperanzado en poder dilucidar algo sobre estos acendrados personajes cuya importancia en los países del tercer mundo se acrecienta año a año, paradójicamente, a la par de la pobreza en esas regiones.

¿Qué significa ser un ejecutivo de Ong?

Para estos señores y señoras, su cargo trasunta una natural filantropía; entrega, sacrificio, desinterés, abnegación y demás virtudes... Desde mi óptica -de resentida la tildaron siempre- la mayoría de las veces es todo lo contrario (en algunos casos, felizmente, es una verdad palmaria, irrefutable y loable).

Simplificando, el trabajo de los más, consiste en analizar la desgracia ajena, sistematizarla, fotografiarla, filmarla y difundirla para al final, y siempre a cambio de algo que generalmente no redunda en ninguna solución real, entregarles algo del dinero que obtuvieron para "ayudarlos".

"Ocuparse de asuntos importantes"

Esta interesantísima faceta psicológica es la que más me llama la atención a la hora de la disección de este floreciente rubro.

Pocos pueden ser un "ongista". Para lograrlo no solo hace falta ser un yuppie -que se muestra ante los demás como un pacífico ambientalista hippie-, se debe ser, casi por regla, un snob.

Pero tampoco cualquier snob. (¿Da risa no?) Se debe ser un snob de clase.

Un inaccesible extravagante que fascina y atemoriza, como esas casas en cuyos comedores el hombre común comprende de manera rotunda su calidad de hombre común, de pequeño e insignificante.

Se debe ser alguien trascendental que posea la gravedad suficiente para darse el lujo de hacer las cosas simples, sabiendo que su sola ejecución la acercan algunos centímetros al resto de los seres, necesitados, ingenuos o emprendedores a los que se "ayuda" con regocijo patriarcal.

Consiguientemente, un ejecutivo de Ong debe ser deliciosamente sofisticado...

¿Qué puedo decirles señores? Son ustedes un selecto grupo de fantásticos seres que están (económicamente sobre todo, en algunos casos intelectualmente también) por encima del resto.

Son el espíritu fragmentado de Narciso, pero no se miran al espejo de ninguna laguna (¿para qué correr ese riesgo?) prefieren admirarse los unos a los otros; contemplarse embelesados, reconocerse, compartir el mismo aire, los mismos foros y las mismas "redes" de trabajo...

Identificarse en su magnificencia los unos a los otros. Condolerse de los pobres diablos que los rodean y tratar de salvarlos.

Es gracias a ustedes –y lo saben muy bien- que el mundo puede continuar. Son imprescindibles y sonríen ante ese axioma, mientras con inseparable formalidad y elegancia conversan con sus pares o mientras paternalmente se mezclan con el resto de los mortales.

¡Qué difícil ser un ser tan maravilloso! ¡Son ustedes los superhombres de Nietzsche!

¡Qué complicado debe ser solucionar un mundo que no se deja arreglar!

Pero también tiene sus cosas gratificantes.

Por ejemplo, el tensionante estudio de la pobreza se debe relajar cuando leen los estractos de sus cuentas bancarias... Debe resultar satisfactorio ser esa persona a quien vale la pena escuchar. Qué regocijo recibir al agradecimiento de la gente a la que día a día con dedicación y taimería se le soluciona la vida.

Qué difícil aguantar el sin fin de reuniones en las que sus geniales ideas deben esperar para ser dichas; qué duro tener que viajar y viajar en primera... Y todo por los demás (y por ese pequeño sueldito y esos viáticos que apenas forman un considerable montoncito de billetes verdes).

Pero lo peor, lo insoportable deber ser soportar de vez en cuando a esa gente atrevida que tiene la osadía de juzgarlos, de criticarlos; gente ridícula y fanática que los acusa de lucrar con la pobreza, gente que nunca tendrá la capacidad de comprender la mesiánica magnitud de vuestra obra.

Gente resentida que no sabe lo que es la tolerancia, gente irreverente que no valora vuestro liderazgo, gente cuyas ideas y palabras se debe, por el bien del país, censurar.

Gente que no tiene el mínimo tino para respetar el orden establecido, gente que atenta contra lo que tanta esfuerzo cuesta construir. Gente intoxicada de cinismo... intoxicada de libertad.

 

"Y sal ahí, a defender el pan y la alegría
y sal ahí para que sepan... que esta boca es mía"

(Joaquín Sabina)