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"Esta
mañana me desperté con el toque de queda,
Dios mío, yo estaba preso también,
No podía reconocer las caras que me vigilaban,
Todos llevaban el uniforme de la brutalidad...
(Bob Marley)
En
1789, Francia encabeza el proceso revolucionario europeo. El pueblo se
levanta contra un sistema déspota y cruel. Cae un régimen
y se levanta otro. Más de dos siglos después y tras cientos
de revueltas, sus principios básicos, libertad, igualdad y fraternidad,
aún siguen siendo un sueño para la mayoría de nuestras
sociedades.
Hoy en Francia, los de abajo,
los de siempre, se han vuelto a levantar. Sin embargo, en esta ocasión
algo ha cambiado. Ya no son Jean Jacques, Maurice o Jean Philippe los
que hablan de justicia para todos. Ahora son Abdelkher, Shalma o Mustafá.
Son los hijos y las nietas de los trabajadores que en los años
de la descolonización acudieron a la llamada del mercado laboral
de la metrópoli. Los "pies negros", los inmigrantes,
los que siempre estuvieron abajo. Terceras generaciones nunca fueron buenas,
dicen los de arriba. Son vándalos, delincuentes, islamistas radicales,
dicen. No aman a Francia y no merecen nuestra ayuda. Y mientras, la extrema
derecha hace su agosto en las ferias electorales.
El profundo desconocimiento que la
sociedad bienpensante y siempre blanca luce frente a los problemas de
integración, marginalidad y desempleo crónico de las capas
de abajo alimenta el odio de los que quedan al margen del bienestar "general"
de nuestras "democracias".
"Es la historia de un hombre
(una sociedad) que cae de un edificio de cincuenta pisos. Para tranquilizarse
mientras cae al vacío no para de decirse, hasta ahora todo va bien,
hasta ahora todo va bien, hasta ahora todo va bien... Pero lo importante
no es la caída, es el aterrizaje." (La haine).
Y es lo que tiene. Permanecer en
la superficie, en la cumbre. Que luego, cuando visitas las bodegas, te
das cuenta de que te crecieron los enanos. Y además te echan cojones.
Y son muchos. Al principio localizados y concretos. Los jóvenes
del barrio de Clichy-sous-Bois. Luego, todo París. En pocos
días la espiral de locura ha alcanzado a todo el país. Ruán,
Rennes, Orleáns, Dijon, Burdeos, Pau, Toulouse, Marsella, Niza,
Lille...
Entonces es cuando la clase política
demuestra su saber hacer. La figura más importante del país,
el presidente de la república, Jacques Chirac, reúne
al Consejo de Seguridad Interior y reclama la vuelta inmediata al orden,
la seguridad y la república , dejando al primer ministro, Villepin,
que se luzca. Este reúne a sus ministros y transmite un mensaje
reconciliador al presidente del Consejo Francés de Culto Musulmán,
que inmediatamente condena los hechos y prohíbe a los musulmanes
participar en los disturbios, aunque aprovecha para quejarse de que Sarkozy,
a la sazón ministro del interior, llame gentuza y chusma a los
manifestantes que protestaban por la muerte de los dos chavales que se
electrocutaron huyendo de la policía en Clichy-sous-Bois.
Sarkozy, además de
insultar, esgrime una única estrategia para acabar con los desmanes:
"Firmeza y justicia. Una vez terminada la crisis será el momento
de abordar un cierto número de injusticias que se dan en algunos
suburbios". Y mientras tanto, ya han muerto tres personas, más
de 800 detenidos, la mayoría menores de edad, cada vez hay más
antidisturbios, helicópteros con equipos de visión nocturna,
más mentiras y medias verdades a la opinión pública:
los alborotadores son peones de los caids, fanáticos musulmanes,
yihadistas, o bien, pertenecen a las mafias que controlan la venta de
drogas en los arrabales. Están organizados y vienen a por nosotros,
a destruir nuestro sistema de valores, los pilares de nuestra sociedad...
¿a qué me suena todo esto?
En
fin, ¿quién sabe en qué acabará todo esto?
Quizá la policía y demás fuerzas del orden sean capaces
de imponer sus "argumentos" a palos. O puede que Francia vuelva
a ser el trampolín de la revolución en Europa, los conflictos
ya han saltado a Bélgica, en Alemania y Europa sigue sin rumbo,
estancada en sus viejos sueños de grandeza, neocolonialista, imperialista,
conservadora y proteccionista, celosa de sus riquezas y acojonada ante
las perspectivas de la situación migratoria. Ahora estamos empezando
a ver de cerca las consecuencias de nuestra política exterior.
La explotación y la masacre a la que por tanto años hemos
condenado al continente africano, ahora se vuelve en nuestra contra. "Bajo
nuestros culos están afilando los pocos dientes que les quedan."
Ceuta y Melilla, el papel de los países frontera, el aumento de
partidos de extrema derecha en Europa y su afianzamiento político
y electoral, el aumento de población inmigrante, la pobreza, la
marginalidad, la clandestinidad... Todos los ingredientes están
servidos. Ya se están agitando, ya sólo queda servir bien
frío y a disfrutar!!
Salú.
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