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El odio al clero y a los ricos así como las aspiraciones igualitarias eran dos sentimientos muy arraigados en la sociedad medieval, tanto como la pasión por el fútbol o el comprarse un coche nuevo lo están hoy día. Esto explica en parte que las herejías que florecieron desde el siglo XI al XVI tomaran un cariz profundamente igualitario y anticlerical. La plebe, explotada por los señores, esquilmada por la Iglesia y sus diezmos y sojuzgada por un Estado cada vez más organizado, regalaba fácilmente los oídos a las prédicas revolucionarias que prometían una nueva Edad de Oro y no le hacían falta demasiadas arengas para tomar las armas contra nobles, curas, magistrados y cualquiera que se le pusiera por delante.
Esta animadversión hacia las clases privilegiadas, de la cual el clero formaba parte, también se manifestaba y se cultivaba en proverbios, autos sacramentales y sátiras diversas. Seis siglos antes de que Proudhon descubriera que la propiedad privada es el robo, los siervos de la gleba habían llegado a idéntica conclusión: “Los magistrados, los prebostes, los administradores, los alguaciles –casi todos viven del robo… Todos ellos acogotan al pobre, todos desean despojarle… los desuellan vivos. El fuerte roba al débil…”.
El pueblo se quejaba con razón de que el clero “no se preocupa de nosotros, vive unas vidas escandalosas, y nos holla con sus pies… El pueblo hace de todo y entrega todo y todavía no puede vivir sin ser atormentado y llevado a la ruina por el clero… Los prelados son zorras rabiosas…”. Bien podría tratarse de una canción de La Banda Trapera del Río, ¿no les parece?
Otras sátiras reflejaban sin demasiados tapujos los anhelos de la multitud: “Desearía estrangular a los nobles y a los curas, a todos ellos… Los buenos trabajadores hacen el pan blanco pero ellos nunca lo prueban; no, todo lo que consiguen es pan de maíz, y por buen vino no consiguen más que sobras, y por un buen paño nada más que deshechos. Todo lo que es delicioso y bueno va a parar a los nobles y a los curas…”.
Y guerrilleros culturales de la época como el poeta alemán Suchenwirt describían cómo los hombres hambrientos, dejando a sus pálidas y escuálidas esposas e hijos en sus tugurios, se reúnían en las calles estrechas, armados con armas improvisadas y llenos de desesperado coraje: “Los cofres de los ricos están llenos, los de los pobres vacíos. El vientre del hombre pobre está hambriento… ¡Derribemos la puerta del rico! Vamos a comer con él. Es mejor ser despedazado que morir de hambre, todos nosotros estamos más dispuestos a arriesgar nuestras vidas valerosamente que a perecer de este modo…”.
Así las cosas no era extraño que los ricos estuvieran un tanto moscas y se encaminasen a allanar el camino para el advenimiento del poder disciplinario, para la llegada de la sociedad de la vigilancia y el adiestramiento que nacerá, Michel Foucault dixit -y pixie-, en el siglo XVIII. "No se no se debe conceder tanta libertad a los pobres como se les viene dando desde antiguo -aconsejaba a los burgueses un cronista de Magdeburgo allá por el siglo XIV-. Deben ser sometidos a control, pues existe un aborrecimiento entre pobres y ricos. Los pobres odian a todo aquel que tenga alguna posesión y están más preparados para perjudicar a los ricos de lo que éstos lo están para perjudicar a los pobres”.
Efectivamente los pobres se prepararon en sucesivas ocasiones para derrocar el "poder temporal" de los nobles y la Iglesia, ya fueran movidos por visiones marianas, profecías apocalípticas o llamamientos a las cruzadas. Cualquier excusa les valía para rebelarse contra el orden social dominante y ajusticiar a clérigos, nobles, burgueses, prelados, administradores y ricos en general.
La lucha de los de abajo se hallaba legitimada en numerosos escritos de carácter religioso, desde las Sagradas Escrituras al Libro de los Cien Capítulos del 'revolucionario del alto Rhin'. San Ambrosio, uno de los padres de la Iglesia, decía: "La tierra fue hecho en común para todos, ricos y pobres. ¿De dónde deduces, rico, tu propio derecho? La naturaleza no conoce ricos, hace a todos los hombres pobres...". El libro de los Hechos describía la vida de los primeros cristianos como una comunidad en la que “todos los que creían vivían unidos, teniendo todos sus bienes en común… y ninguno tenía por propia cosa alguna”.
Alrededor de 1270, Jean de Meun, un laico inquisitivo que vivía en el barrio latino de París, escribió un largo poema titulado Roman de la Rose en el que describía el estado natural igualitario que imperaba en la Edad de Oro:
"Érase una vez, en los días de nuestros primeros padres y madres, como atestiguan los escritos de los antiguos, cuando la gente se amaba con un delicado y honesto amor, y no por codicia y ansia de lucro. La bondad reinaba en el mundo".
En esos tiempos los gustos eran sencillos, las gentes se alimentaban de frutos, nueces y hierbas, sólo bebían agua, se vestían con pieles de animales, no conocían la agricultura y vivían en cavernas. Pero no pasaban penalidades, porque la tierra daba liberalmente todo el alimento que necesitaban. Los amantes se abrazaban en lechos de flores, detrás de cortinas de hojas.
"Allí danzaban y descansaban en suave tranquilidad; pueblo sencillo que sólo se preocupaba de vivir alegremente y en plena armonía con los demás. Todavía ningún rey ni príncipe habían arrebatado, como criminales, lo que pertenecía a los demás. Todos eran iguales y no tenían ninguna propiedad privada propia. Coonocían bien la máxima de que amor y la autoridad no pueden morar juntos... De este modo, amigo mío, los antiguos se acompañaban los unos a los otros, libres de todas atadura o ligazón, pacíficamente, decentemente; y no hubiesen abandonado su libertad ni por todo el oro de Arabia o Frigia..."
Desgraciadamente tan feliz situación llegó a su fin con la aparición de inumerables vicios -engaño, orgullo, ambición, envidia y demás. Con ellos llegaron la pobreza y el latrocinio. Al final la situación se hizo tan insoportable que hubieron de elegir a un "príncipe o señor" para que restaurara y conservase el orden. Pero este necesitó ayuda y se crearon las tasas e impuestos con el fin de pagar el aparato coercitivo: fue el inicio del poder real. Se acuñó moneda y se fabricaron armas "y al mismo tiempo los hombres fortificaron las ciudades y castillos y construyeron palacios cubiertos de esculturas, pues los que poseían las riquezas tenían mucho miedo de que se las quitaran a hurtadillas o a la fuerza. Estos hombres se hicieron mucho más dignos de compasión pues ya no volvieron a conocer la seguridad desde el día en que, llevados por la codicia, tomaron para sí lo que antes había sido propiedad de todos, como lo son el aire y el sol".
Hacia 1439 se edita la influyente obra llamada Reforma de Segismundo. En ella se pedía la supresión de los gremios monopolistas y de las grandes compañías comerciales, abogando por un orden igualitario en el que los salarios, precios e impuestos debían ser fijados para servir a los intereses de los pobres. Al mismo tiempo debía abolirse la servidumbre allí donde todavía subsistiera en el campo; y, como en los viejos tiempos, las ciudades debían abrir sus puertas a sus antiguos siervos.
A principios del siglo XVI aparece el Libro de los cien capítulos, tratado escrito en alemán por un divulgador anónimo conocido como “el revolucionario del alto Rhin”, cuyo contenido, según su autor, estaba directamente inspirado por el Altísimo, quien expresó su voluntad a través del arcángel San Miguel.
Lo que venía a decir el libro era que Dios tenía un cabreo con los humanos de agárrate y no te menees y que estaba dispuesto a no dejar títere con cabeza. Sin embargo, el perdonavidas ofrecía al pueblo una última oportunidad para que enmendara sus pecaminosas vidas. Por expreso deseo del Señor, una persona piadosa -lógicamente el autor del libro- debía organizar una asociación de laicos justos, los cuales disfrutarían de la protección efectiva de san Miguel y llevarían una cruz amarilla como divisa.
La tarea de estos elegidos era la de preparar el terreno para el advenimiento del futuro emperador Federico, “el emperador de la Selva Negra” que “reinará durante mil años” y “ejercitará justicia”. Y preparar el terreno significaba eliminar inmediatamente el pecado del mundo, lo que de hecho se traducía en la eliminación de los pecadores, básicamente los ricos, “los hombres importantes, tanto eclesiásticos como laicos”. Todo el clero debía ser destruido: “¡Id contra ellos, desde el papa hasta el más pequeño estudiante! ¡Matadlos a todos!”. También los usureros, los grandes comerciantes y los abogados. Y una vez hecho esto, llegaría el Milenio.
Las propiedades de la Iglesia serían entonces secularizadas y usadas por el emperador en beneficio de la comunidad y de los pobres en particular. Todo beneficio derivado de la propiedad de tierras o del comercio sería confiscado; lo cual sopndría una abolición de los principados y la expropiación de todos los ricos. Y todos los bienes serán tenidos en común: “¡Cuántos males provienen del interés propio!... Es necesario, por consiguiente, que toda propiedad se convierta en una sola propiedad, que exista un solo pastor y un solo rebaño”.
Este estalinista del siglo XVI previó la disidencia a este estado de cosas y por ello se anticipó a ofrecer soluciones draconianas. Una vez al año, indica, el emperador dictará un decreto con la finalidad de desenmascarar el pecado –sobre todo la usura y la lascivia- exhortando al pueblo para que informe en contra de los pecadores, pero también animando a presentarse y confesar voluntariamente los propios pecados. En cada parroquia se constituirá un tribunal oficial que castigará a los pecadores “con cruel severidad”. Y afirma que nada ayudará más al establecimiento y protección del nuevo orden de igualdad y propiedad en común que este tipo de justicia.
Con proclamas tan excitantes era previsible que la multitud desesperada se lo jugase todo a una sola carta. No tenían nada que perder. |