España
le ha arrebatado definitivamente a los Estados Unidos el orgullo de
ser el país de las oportunidades. Si los yankees presumían
de la enorme y fabulosa movilidad social de que disfrutan sus ciudadanos
-recuerden al famoso Al Capone, que comenzó siendo un don nadie
y acabó siendo el don---, los españoles ya podemos sacar
pecho cual vanidoso gavilán y decirle al mundo que ¡España
va bien!, y que aquí, en nuestro país, cualquiera puede
empezar como miembro fundador de una asociación de estudiantes
papanatas, y terminar de director general de un banco y casado con la
hija del presidente del Gobierno. Y si no, que se lo pregunten al Agag.
Alejandro Agag Longo decidió, una vez terminado
el COU, estudiar empresariales. Seguramente, el chico debió de
pensar que sería bueno conocer la economía para administrar
con racionalidad y criterio sus pequeños ahorros atesorados desde
niño en un cerdito de barro con una hendidura en el lomo. Así
que se matriculó en Ciencias Económicas y Empresariales
en el CUNEF de Madrid. Allí se lo tuvo que pasar bomba. Incluso
montó una asociación de alumnos que contó con un
número indeterminado de socios. Pero esto no le acababa de llenar,
entonces se apuntó a la rama juvenil de un partido político,
no muy popular entre los jóvenes, pero desde luego con un gran
futuro: las Nuevas Generaciones del Partido Popular.
En
el PP aprendió el significado de términos tan ignotos
e intrigantes como centrismo democrático, patriotismo constitucional
o militarismo humanitario. Pronto demostró ser un alumno aventajado,
de modo que lo nombraron asesor del Grupo Popular en Bruselas. Asesoró
tan bien Agag que, en 1996, José María Aznar le llamó
a su lado para que le ayudase como asistente personal en La Moncloa.
Fue entonces cuando entabló las primeras relaciones con la hija
de su jefe, Anita Aznar Botella. Algo feo tuvo que ocurrir ya que, tres
años después, el presidente le destinó como eurodiputado
en Bruselas para "mejorar sus relaciones internacionales".
Pero ya se sabe, nada se interpone cuando hay amor. La joven y petulante
pareja se ha salido con la suya y ha anunciado que habrá boda
en septiembre.
José María Aznar es consciente de
que a va a perder a su hijita y seguro que no le hace ninguna gracia
que ese apuesto gafotas se beneficie a su mimada veinteañera,
sin embargo él es un hombre templado, moderado, de centro, y
nada rencoroso. Sus hilos ha tenido que mover, cuando el Banco Portugués
de Negocios (BNP), del holding Sociedad Lusa de Negocios (SLN), ha fichado
a Alejandrito Agag como asesor de su presidente, Oliverio Costa, con
rango ejecutivo de director general. Desde luego, el chaval tiene que
ser un fuera de serie asesorando. Antes asesoraba a los políticos
y ahora a los banqueros. Una máquina. Así que el futuro
yerno de Aznar abandonará definitivamente los cargos de eurodiputado,
secretario general del PP y de la refundada Internacional Demócrata
de Centro, para incorporarse a la honrosa tarea de la usurería
de cuello blanco. Una demostración ejemplar e irrefutable de
que en esta bendita plutocracia (digo, democracia) el que no triunfa
es porque no quiere. ¿Porqué precipitar una boda si sólo
llevan siete meses de noviazgo?, ¿Habrá influido en ellos
el dictamen papal de dar la espalda a los anticonceptivos?, ¿Le
parece que una joven con la mayoría de edad recién cumplida
está en disposición de afrontar una vida matrimonial?,
¿Si cualquiera puede casarse con la hija del presidente quiere
esto decir que la hija del presidente es una cualquiera?, ¿Por
qué nos hacemos estas estúpidas preguntas si podríamos
estar viendo Confianza Ciega o indagando en la sodomía histórica
como en nuestros impresentables editoriales?, ¿Por qué
no podemos ser nosotros los cabecillas de la Fondation d'Etudes Européens
y del Instituto para la Democracia de Bucarest?, ¿Por qué
unos tan tontos y otros tan listos?, ¿Por qué?.
¿Esta claro?