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CUANDO EL TIEMPO NO ERA ORO
Reivindicación de San Lunes -y de San Martes también-


Hubo un tiempo en que el tiempo no era oro y el lunes era fiesta. Hubo un tiempo en que la gente no fichaba a la entrada y salida del tajo, no había horario alguno que cumplir y San Lunes era venerado inexcusablemente… “generalmente seguido de un San Martes también”. Hubo un tiempo en que los trabajadores “vivían como niños; sin ninguna previsión calculada para el trabajo o sus resultados”.

Hasta que llegaron las máquinas, el reloj y jibias como Frederik Taylor, Henry Ford y otros aficionados a sacarle bien el jugo a sus empleados. Entonces se puso fin a la “indisciplina”en el trabajo y a San Lunes, y se impuso el Tiempo, “ese Tiempo lineal, divisible en trechos finitos, con derecha y con izquierda, con su flecha de sentido, el Tiempo de los relojes y los calendarios, con el que se cuentan las jornadas laborales, y los vencimientos de los créditos de la Banca, con el que se elaboran los Presupuestos del Estado, con el que se celebran vuestros cumpleaños como si fuera una cosa muy graciosa, con el que se os quiere hacer creer que vais a entrar en el siglo XXI y hasta en el Tercer Milenio después de Cristo”, como dice Agustín García Calvo.

Pero antes de que todo esto ocurriera, antes de que cayésemos esclavos de las agujas del reloj, el único tiempo existente era el “tiempo cíclico”, el de la “naturaleza” y el del “quehacer” y “la prisa se consideraba una falta de decoro combinada con una ambición diabólica”. La medida del tiempo estaba relacionada con los procesos habituales del ciclo de trabajo o las tareas domésticas, el tiempo del ganado, el tiempo de la cosecha, el tiempo de las mareas… Es lo que se ha denominado “orientación al quehacer”, de la que el historiador inglés Edward Palmer Thompson dice que “es más comprensible humanamente que el trabajo regulado por horas. El campesino o trabajador parece ocuparse de lo que es una necesidad constatada. En segundo lugar, una comunidad donde es normal la orientación al quehacer parece mostrar una menor demarcación entre ‘trabajo' y ‘vida'. Las relaciones sociales y el trabajo están entremezclados –la jornada de trabajo se alarga o se contrae de acuerdo con las necesarias labores- y no existe mayor sentido de conflicto entre el trabajo y el ‘pasar el tiempo'”.

En la orientación al quehacer, dice Thompson, “la norma de trabajo era una en que se alternaban los golpes de trabajo intenso con la ociosidad, donde quiera que los hombres controlaran sus propias vidas con respecto a su trabajo. (El modelo persiste entre los que trabajan independientemente –artistas, escritores, pequeños agricultores y quizá también estudiantes- hoy, y ha suscitado la cuestión de que no se un ritmo de trabajo humano ‘natural')”. Esta irregularidad en las normas de trabajo anterior al advenimiento de las industrias mecánicas a gran escala sacaba de quicio a no pocos moralistas y mercantilistas de la época. En unos versos impresos en 1639 un anónimo inglés puritano se lamentaba escandalizado:

Ya sabes hermano que el Lunes es Domingo;
El Martes otro igual;
Los Miércoles a la Iglesia has de ir a rezar;
El Jueves es media vacación;
El Viernes muy tarde para empezar a hilar;
El Sábado es nuevamente media vacación

Y es que no había oficio alguno que no venerase religiosamente a San Lunes: zapateros, sastres, carboneros, trabajadores de imprenta, alfareros, tejedores, calceteros, cuchilleros… El lunes –y el martes también- era un día dedicado a dormir la mona del domingo, a emborracharse en la taberna, a jugar a los bolos, a acudir al mercado o a “conspirar en alegre regocijo”, como cantaba una simpática balada de Sheffield de finales del siglo XVIII. El lunes era “Día de Borrachera”, el nombre de otra canción popular de Birmingham precursora del movimiento de alcohólicos anónimos:

San Lunes produce los peores males,
Pues cuando se ha consumido el dinero,
Las ropas de los niños se van en humo,
Lo cual causa descontento;
Y cuando por la noche se tambalea él hasta su casa
No sabe qué decir,
Un simple es más hombre que él
En un día de borrachera.

Cuenta Thompson que “en lunes y martes, según la tradición, los telares manuales repetían lentamente Tiempo de so-bra , Tiempo de so-bra ( Plen-ty of Time ), en jueves y viernes, Que-da un día , Que-da un día ( A day t'lat ). La tentación de ahorrarse unas horas por la mañana, prolongaba el trabajo hasta la noche, horas iluminadas por velas”. Los trabajadores laboraban a su aire, viviendo el día a día ajenos al “molino del diablo”, como llaman los campesinos kabileños de Argelia al reloj. Un tal John Houghton de Londres escribía en 1681:

“Cuando los calceteros de bastidor o medias de seda recibían precios altos por su trabajo, se observó que raramente trabajaban en Lunes o Martes sino que pasaban la mayor parte de la taberna o los bolos… Con los tejedores es corriente que estén borrachos el Lunes, tengan dolor de cabeza el Martes y las herramientas estropeadas el Miércoles. En cuanto a los zapateros, antes se dejarían colgar que no recordar a San Crispín el Lunes… y así permanecen normalmente mientras tienen un penique de dinero o el valor de un penique en crédito.”

La devota veneración de San Lunes era una costumbre que no sólo festejaban los trabajadores de Londres, donde “vemos que se guarda San Lunes tan religiosamente en la ciudad… generalmente seguido de un San Martes también”, como atestiguaba un ciudadano británico del siglo XVII.

“San Lunes era venerado casi universalmente dondequiera que existieran industrias de pequeña escala, domésticas y a domicilio”, dice Thompson. Era observado por los tejedores mexicanos en 1800, por los trabajadores franceses en 1850 y 1860, por los belgas, los prusianos y los suecos en 1870. También en España y en Latinoamérica la costumbre arraigó entre los obreros, especialmente entre los zapateros, que tienen a San Crispín como abogadooorl. En Andalucía cuentan que los zapateros acostumbraban a pasarse los lunes borrachos en las tascas del pueblo: “Durante el día no dejan de acariciar las copas y los medios que les dan en las tabernas, mediante el gasto de los ahorros de una semana”.

En la Argentina, Bolivia, Ecuador y México, el día lunes, lo ocupa el pueblo que ha propagado su devoción. En Chile, San Lunes tiene una adoración arraigada en el tiempo. En 1799 el Mariscal de Campo don Joaquín del Pino y Rozas prohibió la fiesta de San Lunes. En la construcción del Puente de Cal y Canto en Santiago, bajo el reinado de Felipe V, “los Sanluneros eran acollarados como novillos chúcaros y llevados a la obra que dirigía el Corregidor Zañartu”. Aún en tiempos de la Colonia se cantaba esta coplilla:  

Lunes y martes, fiestas muy grandes;
miércoles y jueves, fiestas solemnes,
viernes y sábado, las mayores de todo el año.  

Vicente Pérez Rosales, en el Diccionario de Entrometido de 1946, escribe: "El borracho abonado a los San Lunes se orea en un calabozo, y el consuetudinario, si hay un millón de por medio, en su palacio".

Todavía en nuestros días, San Lunes es fiesta y costumbre del pueblo chileno. Se dice que si se trabaja el día lunes, Santa Elena se enoja y todo sale mal. Y es allí un dicho muy corriente: “Hoy es lunes, Santa Elena, quien trabaja se condena”. Y los más vinagretas lo secundan con este refrán: “Elena, Elena, quien no toma, se condena”.

Sin embargo, en la mayor parte de los países, la hermosa costumbre de no trabajar los lunes se perdió por las causas antes mentadas. El reloj se impuso en la fábrica y nuestras vidas se convirtieron en horas de trabajo y en horas de ocio (de consumo vamos), eternamente pendientes de la llegada del fin de semana o del sonar del toque de salida. En esta existencia dividida en horas y minutos y segundos, nuestro tiempo de ve colonizado por el dinero. Dedicamos más horas al trabajo y al consumo que a nosotros mismos. Especialmente los españolitos, que somos los que tenemos las jornadas más largas de Europa, pero los que menos producimos. El tiempo es oro, y el oro no se puede derrochar. Deprisa, deprisa, no hay tiempo que perder cuando vivir es competir.  

Mientras tanto, San Lunes sigue ahí, aguardando a florecer de nuevo cualquier día de estos para brindarnos horas de asueto, borracheras y conspiraciones en alegre regocijo. Resucitémoslo entre todos de una vez rezando esta popular y profana oración:

San lunes divino
San lunes amado
Cuida mi intestino grueso y delgado.  

Protege mi pancreas
beba lo que beba
que la Birra
que el guaro
y todo lo he tomado
no me dejen engomado  

Mi higado encomiendo
a tu Santa mano
y lo que estoy bebiendo
lo orine sin daño  

Librame de goma,
diarrea y jaqueca.
Quitame la agrura
y el ansia culeca.

Por ApostoloZeno

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