¿QUÉ SIGNIFICA TRABAJAR?
Apuntes didácticos dirigidos a un@s niñ@s a l@s que cada día estamos haciendo más cretin@s

Por Antonio Morales Toro

Trabajar: del latín vulgar tripaliare, que significa “ser torturado”, “sufrir”.

Sabemos que las palabras van modificando su sentido con el tiempo. Lo que en un principio significaba una cosa, al cabo de los cien, doscientos o quinientos años puede llegar a querer decir algo completamente distinto.

Podemos pensar que algo parecido ha ocurrido con la palabra “trabajo”. Todo el mundo parece saber lo que hoy significa esta palabra, pero quizás haya gente que desconozca que procede de una palabra latina, “tripalium”, que era el nombre que se le daba en la edad media a una especie de potro de tortura.

¿Cómo ha podido ocurrir que una palabra que, en principio, aluda a un instrumento de dolor y sufrimiento haya podido llegar a significar “trabajo”? ¿Será que cuando vuestros profesores y profesoras os dicen que estáis estudiando para “poder trabajar el día de mañana”, en realidad os están diciendo que habéis venido al mundo para sufrir, para que otros os infrinjan dolor?

Por lo demás, ¿sabemos realmente que significa hoy en día la palabra “trabajar”? ¿Lo sabéis vosotros y vosotras? ¿Qué os han contado? Os gustaría saberlo, ¿verdad? ¿No? Pues os aguantáis Lo que viene a continuación va a intentar responder a esta pregunta para que, al final, podamos entre todos y entre todas poder averiguar si la palabra latina “tripaliare” y la palabra española “trabajar” significan realmente algo diferente o quizás siguen guardando un parecido sospechoso.

No obstante, antes de nada, quisiera mostraros mis cartas. Como probablemente os hayáis dado cuenta, yo no soy muy amigo de la palabra “trabajo”. Cada vez que la pronuncio, me entra un tremendo dolor de estómago, y me acuerdo de aquel pasaje de la Biblia en el que dios, cuando expulsó a Adán del paraíso, lo maldijo diciéndole: “y trabajarás con el sudor de tu frente”. También recuerdo aquel cartel que los nazis colgaron en uno de sus campos de concentración, un cartel que decía “el trabajo dignifica al hombre”. En fin, que sospecho de la palabra “trabajo”.

Pero volvamos a la realidad “real”. Llegará un día, no muy lejano, en que abandonaréis vuestros estudios. Cuando llegue ese momento, la sociedad entera –vuestros familiares y amigos, vuestra pareja, vuestros profesores- se os echarán encima diciéndoos que tenéis que trabajar. Incluso es probable que vosotros y vosotras tengáis igualmente un gran deseo de hacerlo. Eso es inevitable, triste pero inevitable. Y por eso mismo resulta muy importante que sepáis en que mundo os estáis metiendo.

Empecemos por el principio. De un tiempo a esta parte, los políticos y economistas utilizan con frecuencia la expresión “mercado de trabajo” –o “mercado laboral”. A mi parecer, se trata de una expresión justa. Un mercado es un lugar en el que se compran y venden cosas, así que por “mercado de trabajo” habremos de entender el lugar donde se compra y se vende el trabajo. Por eso, cuando os llegue la hora, es fácil que os encontraréis en la siguiente situación: por un lado os encontraréis vosotros y vosotras, los “vendedores”, que queréis vender vuestro trabajo; por otro lado se encontrarán los “empresarios”, los “compradores” que mirarán la mercancía –es decir, vosotros mismos- y decidirán si la compran o no y a qué precio.

Me parece importante que retengáis esta idea: trabajar significa venderse, vender el trabajo de uno o una a cambio de dinero. Pero, si trabajar es venderse, ¿qué es lo que uno vende cuando trabaja? ¿Eh? ¿Alguien lo sabe? Bueno, la respuesta a este pregunta es muy amplia: en un mercado se pueden adquirir muchas cosas, así que también son muchas las cosas de vosotros y vosotras que pueden interesar a un “comprador” de trabajo. Vamos a señalar algunas:

1. En primer lugar, habría que señalar el tiempo. Cuando alguien trabaja, lo primero que hace es vender su tiempo. Las horas, los días, las semanas dejan de pertenecerle a uno para usarlas en lo que le plazca a quien las compra. El tiempo de tu trabajo ha cambiado de dueño. Cómo se organiza ese tiempo, en qué se emplea, cómo se acumula o se derrocha son decisiones que ya no te competirán. Desde el momento que trabajas –desde el momento en que vendes tu tiempo- dejas de ser el dueño del mismo.

2. Pero no sólo vendes tu tiempo al trabajar. Los “compradores” de trabajo, los empresarios, también pueden estar interesados en tu fuerza, tu energía para hacer cosas. Son muchas las tareas en le mundo del trabajo que dependerán de tu fuerza, tu resistencia o tu energía. Si trabajas de albañil, o de asistente del hogar, o de reponedor en un supermercado, o de limpiadora en una institución, lo que estás vendiendo a cambio de dinero es tu capacidad para realizar tareas que, en la mayoría de los casos, sólo requieren de tu esfuerzo.

3. Pero, ¿de dónde nace esa energía, esa fuerza? Desde luego, no vienen de la nada sino que se producen en tu cuerpo. Así que cuando trabajes, también estarás vendiendo tu cuerpo. La gente cree que las únicas que venden su cuerpo a cambio de dinero son las prostitutas: error, craso error. En realidad, la mayoría de los trabajadores y trabajadoras vendemos nuestro cuerpo –y nuestra salud- a los empresarios. Dicho de otra manera, cuando vendáis nuestro trabajo, lo que estaréis haciendo será arriesgar vuestro cuerpo, ponerlo a disposición del empresario para que éste lo utilice. Si eres albañil y te caes del andamio, quien sufrirá las consecuencias será tu cuerpo y no el del empresario; si trabajas en el campo e inhalas esos pesticidas que pueden arruinar tu sistema respiratorio, las consecuencias las sufrirás tú, y no el “comprador” de tu trabajo. Es normal: él te ha pagado por tu cuerpo, él ha pagado para no sufrir lo que tú sufrirás.

4. Pero existen empresarios que estarán interesados en tu cuerpo de otra manera. No quiero decir con ello que no van a querer disponer de tu fuerza o de tu tiempo. Desde luego que sí. Pero además de eso van a querer comprar la imagen de tu cuerpo. Esto es algo que os va a ocurrir mayoritariamente a vosotras, chicas. Habrá empresarios que os contratarán –contratar significa lo mismo que comprar trabajo- por vuestra imagen. Querrán que trabajéis como mulas, pero además querrán que tengáis unas piernas bonitas, una cara agradable o un culo respingón. Vuestra imagen será importantísima para conseguir muchos empleos: si trabajáis como dependientas en una tienda, o si realizáis un pase de modelos, si ponéis copas en un pub y también, sí, si os dedicáis a la prostitución. No sólo vuestro cuerpo, también la imagen de vuestro cuerpo estará en venta; y por eso, cuando hayáis crecido, y el culo o los pechos se os caigan, o hayáis ganado peso, o os salga celulitis en las piernas, o se os arrugue la cara, ya no podréis vender vuestra imagen porque nadie querrá comprarla.

5. Pero existen otras pertenencias vuestras que podéis vender al trabajar. Podéis vender vuestros conocimientos. Muchos empresarios estarán muy interesados en comprar lo que vosotros y vosotras sabéis, lo que habéis aprendido en la vida, en el instituto o fuera de él. Porque al trabajar no empleáis sólo vuestro tiempo, vuestro esfuerzo, vuestro cuerpo o vuestra imagen. Hay que saber, saber hacer cosas, cómo funcionan, cómo realizarlas de la mejor forma posible, como arreglarlas. En estos tiempos, nuestra sociedad se ha vuelto increíblemente complicada, y son innumerables los conocimientos que hay que emplear para que se mantenga en pie: desde cómo se arregla una moto a cómo programar un ordenador; de cómo cuidar a un enfermo a cómo fabricar un barco. Vuestros conocimientos podrán venderse; es más, casi no encontraréis un empresario que además de compraros no quiera comprar también lo que sabéis, utilizarlo a su manera.

6. No obstante, antes decíamos que la sociedad se ha vuelto muy compleja, así que para mantenerse, no necesita solamente emplear una gran cantidad de conocimiento, sino que también precisa de conocimientos nuevos, de saberes que sirvan para innovar, para mejorar el funcionamiento de las cosas. Necesita creatividad, inteligencia. ¿Y en dónde se encuentran esos conocimientos nuevos, esa capacidad de innovación, esa inteligencia? En vosotros y vosotras. En vosotros y vosotras, en la gente más joven, es en donde se encuentra la creatividad necesaria para desarrollar cambios, otras formas de hacer las cosas, de mejorarlas, de inventarlas. Así que también podéis vender esa capacidad. Al trabajar, podréis vender vuestra inteligencia y creatividad, intercambiarla por dinero.

Pues bien, ya sabemos algo; sabemos que trabajar significa venderse. Cuando trabajéis venderéis vuestro tiempo, vuestro cuerpo, vuestro esfuerzo, vuestra imagen, vuestros conocimientos y vuestra inteligencia, entre otras cosas. Seguro que aquí hay alguien a quien se le ocurre otra pertenencia de uno que se puede vender al trabajar. Da igual. Lo importante es retener esa idea, la idea de que trabajar significa venderse. Parece que ya está todo claro, que todo es muy sencillo, que cuando terminéis el instituto simplemente tendréis que salir al mercado de esclavos –perdón, quería decir de trabajo, mercado de trabajo- y decir: “¡mira qué cuerpo tengo!” o “¡mirad de cuánto tiempo dispongo!” o “¡observad qué bien preparada o preparado estoy!” “¿quién quiere comprar mi tiempo, mi cuerpo o mi inteligencia?” “¿quién me quiere comprar?”, para que vengan los “compradores” de trabajo y os contraten. Y ya está, y todos tan contentos. Pero las cosas no son así, no es tan fácil. Todavía quedan algunas cosas por explicar.

En primer lugar, quisiera hablaros de un tema que conocéis bien porque lo sufrís todos los días. Quisiera hablaros del tema de la obediencia. Vamos a suponer que ya estáis trabajando, que habéis vendido vuestro tiempo o vuestros conocimientos, y vamos a hacernos la siguiente pregunta: ¿qué significa vender algo? Vaya pregunta imbécil; pues vender algo significa que “ese” algo que era tuyo ya no lo es, sino que pertenece a otro. Si tú vendes tu moto, tu moto ya no te pertenece, no tienes ningún poder, ningún control sobre ella; la has vendido y ya está. Pues cuando trabajéis, cuando os vendáis va a pasar exactamente igual: vuestro tiempo ya no será vuestro, tampoco lo serán vuestros esfuerzos o vuestra creatividad: estarán a disposición de quien los haya comprado, podrán hacer con ellos lo que les plazca. Tendrán poder, querrán tu obediencia. Si tú has vendido, digamos ocho u diez horas al día –eso se llama jornada laboral- a un señor, y ese señor quiere que te dediques a barrer su despacho las diez horas, tú no podrás decir nada, porque tu tiempo ya no es tuyo, lo has vendido: tan sólo se esperará de ti que obedezcas. Si tu trabajas en un laboratorio farmacéutico y descubres –porque eres un máquina, alguien supercreativo- una vacuna estupenda contra la malaria, que además resulta muy barata, y la empresa coge tu descubrimiento y lo tira a la papelera porque no quieren comercializarlo, tu no podrás decir nada, porque tu creatividad, tu inteligencia no son tuyas, las has vendido: tendrás que obedecer. Y si vas por la calle y alguien te mira y te dice: “¡tía, estás buenísima! ¡Vaya cuerpazo que tienes!” Y te contrata de modelo y todo va bien hasta que un día descubres que te apetecería abrirte veinticuatro boquetes por todo el cuerpo y llenarlo de piercing, y raparte la mitad del pelo de la cabeza y dejarte la otra mitad, o dejarte crecer ese vello de las piernas o los sobacos tan estupendo que tienes, o hincharte a comer esos pasteles que siempre te han gustado tanto... y viene tu manager y te dice que ni de coña, que si te has vuelto loca, tendrás que obedecer porque tu imagen ya no es tuya, la has vendido, ya no te pertenece.

Bueno, vale, quizás estoy exagerando un poco, pero os aseguro que las cosas son bastante así. Trabajar significa vender partes muy importantes de ti, y al venderlas dejan de ser tuyas, pierdes el control sobre ellas: otros pasan a tomar el control sobre ellas, sobre tu tiempo, tu inteligencia, tu cuerpo... sobre casi toda tu vida. Tú ya no mandas, tú obedeces. Pero, ¿qué pasa si no obedeces, si decides retomar el control de ti mismo? Pues que el contrato se rompe, que te despiden –si no te denuncian en un juzgado o algo peor-, que una inteligencia que podría ser empleada en salvar vidas se desaprovecha, que un tiempo que podría ser empleado en producir algo útil se pierde, que una imagen que podría emplearse en investigar nuevas formas de belleza y de relaciones con nuestro cuerpo se destroza. Y también algo más básico y elemental: que dejas de ganar dinero, que pierdes la única fuente de dinero que tienes a tu disposición. Te quedarás sin dinero.

Porque aquí está el quid de la cuestión. Tú vas a trabajar, a venderte a cambio de dinero. Lo que recibes por venderte es dinero. Es dinero lo que buscas porque es dinero lo que necesitas. ¿Quién puede vivir sin dinero? ¿A dónde se va sin dinero? En la sociedad en la que vivimos, no se puede vivir sin dinero: no tener dinero significa, literalmente, no ser nadie. ¿Alguien de aquí es millonario? ¿No? Entonces sabréis bien a lo que me refiero. Se trabaja para conseguir dinero. Que no os cuenten historias –a no ser que sean tan buenas como la mía. Nadie trabaja “para realizarse” o “para hacer lo que le gusta” o para “ser feliz”, ni siquiera para hacerse rico. Se trabaja por dinero, y además, hay quien espera, tiene la ilusión, que su trabajo le guste, o al menos no sea demasiado desagradable, peligroso o aburrido. Pero no son más que ilusiones: a veces se cumplen, a veces no. Lo que quiero decir es lo siguiente: la gente soporta lo que tiene que soportar en un trabajo –tener accidentes peligrosos, que te meta mano el jefe, que se rían de ti, desplazarse de su ciudad, trabajar más horas de las que tiene el día- por dinero, exclusivamente por dinero. Os lo digo por experiencia.

Entonces, si trabajar significa venderse, venderse significa obedecer y obedecemos para conseguir dinero, lo mínimo que cabría esperar es que uno –o una- se vendiera a un buen precio. Si no queda más remedio que venderse, que por lo menos se saque una buena tajada, un buen dinero. ¿O no? Se pueden esperar otras cosas, de acuerdo, pero esa del dinero es la más básica, la más general. Sin embargo, por desgracia, tengo la sensación de que, una vez más, las cosas no van a ser así, tengo la seguridad de que os vais a vender, sí, y de que además os vais a vender muy barato.

¿No me creéis? Pues entonces probad a contestar estas preguntas: a ver, ¿quién decide lo que va valer vuestro trabajo? ¿Quién señalará el precio que va a costar vuestra venta? ¿Lo vais a decidir vosotras y vosotros? ¿Creéis que os van a pagar por venderos lo que verdaderamente pensáis que cuesta vuestro trabajo? Si lo pensáis así sois unos imbéciles, y no merecéis ni aprobar el curso. No: son los propios “compradores” de trabajo, los empresarios, los que van a decidir cuánto os van a pagar, cuál es vuestro precio en el gran mercado del trabajo. Vosotras y vosotros os venderéis, pero no al precio que creáis justo sino al que os van a imponer. Ese va a ser el rollo. Es más, según dicen algunos economistas, vuestro trabajo cada vez va a costar menos, va a ser cada vez más barato. A ese proceso se le conoce como reforma laboral. Vamos, que os vais a vender por cuatro perras, por menos de lo que ahora mismo, por ejemplo, ganan vuestros padres –los que no estén parados, claro, los que los empresarios no hayan dicho “que ya no sirven para nada”. ¿No os lo creéis? ¿Queréis datos? Siempre hay algún listillo que quiere datos. Pues muy bien, ahí van los datos:

ANTES, no hace tanto tiempo, los trabajadores y trabajadoras, después de luchar mucho, consiguieron que el trabajo fuera fijo. ¿Y qué significa esto de trabajo fijo? Pues significa que toda este gente, aunque ganara poco dinero por su trabajo, tenía la garantía de que ese dinero, por poco que fuese, no le iba a faltar nunca. Es cierto: vendían su trabajo, pero lo hacían con la condición de que lo iban a mantener mientras quisieran –hasta que encontraran otro mejor o se jubilaran. AHORA las cosas son diferentes. No hay nada que le guste más a un empresario que decir: “ahora ya no gustas, no te necesito, puedo comprar a otro más barato que a ti. Venga, a la calle”. Piensan que la gente son cosas de usar y tirar, como los pañuelos o los preservativos. Por eso están logrando acabar con los empleos fijos, y los están sustituyendo por los empleos temporales. Un empleo temporal es un puesto de trabajo en el cual un empresario os puede despedir cuando quiera; es más, es casi seguro que os van a despedir antes de que cumpláis los tres años de contrato, sino antes. Y eso quiere decir que es muy probable que, cuando dejéis el instituto os vais a pasar el resto de vuestra vida de un trabajo a otro, sin seguridad, sin garantías. Vamos, que vais a estar de lo más entretenido.

Más datos. A pesar de lo que he dicho anteriormente, ANTES un empresario podía despedir a un trabajador o trabajadora si quería, pero le costaba dinero. Tenía que pagar al trabajador o trabajadora una indemnización por despido. Esto estaba muy bien porque, de esta manera, un empresario se lo pensaba mucho antes de despedirte, y si lo hacía te encontrabas con un dinerillo, que aunque no fuera mucho te permitía tirar p’adelante hasta que encontraras otra cosa. AHORA, las cosas también han cambiado. Ahora si un empresario quiere despedirte antes de que termine tu contrato, puede hacerlo por mucho menos dinero: dinero que él gana y que vosotras y vosotros, cuando os despidan, perderéis.

¿Queréis más datos? Pues más datos. Eso os pasa por preguntar. ANTES –preguntadle a vuestros padres-, los trabajadores tenían una jornada laboral fija. ¿Qué quiere decir esto? Que uno vendía su tiempo, efectivamente, pero ni un minuto más. Si uno trabajaba ocho horas, trabajaba ocho horas, pero tenía el resto del día para lo que quisiera. Pero a los empresarios ese no les gustaba; si por ello fuese, uno estaría trabajando las veinticuatro horas el día. Y es lo que están consiguiendo. AHORA –y cuando vosotras y vosotros trabajéis, todavía más-, pueden obligarte a trabajar las horas seguidas que ellos quieran. Si tienes un contrato, digamos, de un mes, y ese mes suponen unas doscientas diez horas de trabajo, ellos pueden obligarte a que las hagas en veinte días, con una jornada de trabajo diaria de más de doce horas diarias -¡doce horas diarias!

Podría seguir poniéndoos ejemplos de porqué trabajar va a significar para vosotras y vosotros venderos por muy poco dinero. Explicaros que lo que antes costaba una hora de trabajo, ahora cuesta una tercera parte –y si no me creéis preguntadle, a vuestra madre, si el dinero que entra en casa todos los meses le da para lo mismo que hace, digamos siete años-, explicaros que los accidentes laborales –sí, la gente se muere trabajando, o resulta herida, o enferma, o se vuelve loca, ¿no lo sabíais?- están aumentando, sobre todo entre los trabajadores y trabajadoras jóvenes. Pero no quiero aburriros más: ya os daréis cuenta, y cuando lo hagáis, os acordaréis de esta clase de hoy.

Existe, sin embargo, una última cuestión sobre el mundo del trabajo que me gustaría explicaros. Antes hemos dicho –lo he repetido, creo, al menos unas quince veces- que trabajar significa venderse, y que cuando trabajéis lo haréis por dinero. Ahora bien, alguien podría preguntarme, ¿y para qué hace falta el dinero? No os riáis. Esta es una pregunta muy seria. Yo me la llevo preguntando hace por lo menos veinte años y todavía no me la sé explicar muy bien. Pero una cosa parece clara. El dinero es necesario para vivir. Vale. Pero, ¿qué significa vivir? Esa muchacha pecosa de ahí me está mirando con una cara..., como diciendo, “pues vivir significa vivir”. Es verdad, vivir es algo que todas y todos hacemos sin pensar: estamos vivos y ya está. ¿Seguro? ¿Estamos vivos y ya está? ¿Es tan sencillo? A mí no me lo parece. A ver, ¿es qué no necesitamos cosas para vivir, para seguir vivos? Pues sí, necesitamos comida ¿no?, y ropa, y una casa, y curarnos de las enfermedades, y divertirnos, y tener libros, y aprender cosas, y viajar, y sexo, y escuchar música, y doparnos con algunas sustancias –legales o ilegales-... en fin, necesitamos muchas cosas, unas generales –las necesitamos todo el mundo- y otras particulares, de cada una o cada uno. Pero, ¿no os parece sospechoso que casi todas esas cosas cuesten dinero? Un piso, una camiseta, un libro, un buen médico, un coche, un pintalabios, incluso unos gramitos de haschis, son cosas que no se adquieren gratis: cuestan dinero –las puedes robar, claro, pero ese es otro tema, del que hablaremos otro día, si queréis. En otras palabras: vivir cuesta dinero, es decir, para vivir tienes que comprar cosas.

El dinero, ya lo sabemos, lo conseguimos vendiendo nuestro trabajo a los “compradores” de trabajo o empresarios. Y llegados a este punto ocurre algo realmente increíble: los mismos que nos compran el trabajo son los que nos venden lo que necesitamos para vivir. Fijaos bien en esta idea, porque aquí es en donde reside la gran trampa –y la gran mentira- de lo que significa realmente trabajar. Todas las personas somos, y todos vosotros y vosotras vais a ser, vendedores y compradores al mismo tiempo. Una trabajadora, un trabajador vende su trabajo, y compra lo que necesita para vivir. Un empresario compra trabajo y vende lo que gente necesitamos para seguir con vida. Qué bonito, ¿verdad?, qué simétrico. Pues no lo es. Y no lo es porque, de la misma forma que ustedes, cuando vendáis vuestro trabajo, no vais a decidir el precio del mismo –sino que lo decidirá vuestro jefe-, tampoco van a ser ustedes, damas y caballeros, los que vais a decidir lo que van a costar esas cosas –o mercancías- que necesitaréis para vivir. No serán ustedes los que pongan los precios. Lo precios de las cosas os los encontraréis puestos. ¿Y quienes son los que van a poner esos precios? Pues quienes los venden, los empresarios. Los mismos, siempre los mismos. Los mismos que van a poner precio a vuestro trabajo –y a vuestras cabezas- son los que van a decidir el precio de las cosas que vais a necesitar para vivir. Los mismos, siempre los mismos.

Y de la misma forma que el trabajo siempre ha valido poco, pero hoy, cada vez, vale menos, las cosas de la vida siempre han sido caras, pero hoy, cada vez, –sobre todo cuando vosotros y vosotras trabajéis- van a ser más caras. ¿Ejemplos, queréis ejemplos? Preguntadlos a vuestra familia y mañana me traéis una lista de diez cosas que cada día están más caras. Me apuesto con ustedes lo que sea a que entre ellas encontremos: la vivienda, la ropa, las medicinas, la educación, la comida, la gasolina, los teléfonos... hasta las drogas subirán de precio y bajarán de calidad, exactamente igual la comida, las medicinas, la educación, la vivienda y la ropa. En fin, que chungo.

Y en fin, ese parece ser el futuro de vuestro trabajo: venderse barato y comprar caro para que alguien, los mismos, los de siempre, toda esa gente que os desprecia porque sois pobres, “carne de cañón” y no tenéis ni su “clase” ni sus billetes siga acumulando dinero a costa vuestra. Y poder. Y mandando sobre los gobiernos. Y mandando sobre la policía. Y mandando sobre los jueces y los políticos. Y mandando sobre vosotros y vosotras.

Podemos, entonces, volver a la pregunta del principio: ¿existe una gran diferencia entre la palabra latina tripaliare y la española trabajar? Y lo que es más importante, ¿sabéis ya lo que os espera? ¿Estáis ya preparados y preparadas para “ingresar en el mundo del trabajo”? ¿Sí? Pues muy bien: a joderse. Porque ya lo decía mi buen amigo Rafael Toral: “si trabajar fuera bueno, costaría dinero en vez de pagarnos por hacerlo”.