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Lo
normal es hablar de la corrupción como de un delito legal y moral
grave, sin embargo, en los hechos, no sólo queda probado que no
es tan grave, sino que ni siquiera es un delito. Todo se basa, más
bien, en una simple confusión lingüística. En efecto,
la moderna palabra "corrupción" no designa a un delito
sino a un derecho. Un derecho inherente a los atributos del poder,
uno más de sus abalorios, una de las causas fundamentales para
subirse a su carro.
Se inicia la falacia desde el momento
elemental en que todo funcionario, por opaco que su cargo fuere,
comenzó cometiendo una miseria inicial: sumar votos mediante el
truco de la mentira veraz, estafar a los devotos. De ese pecado inicial
a la absoluta falta de inconvenientes para realizar arreglos sucios pero
convenientes, no hay más que un tranco de hormiga. Pues sí:
la corrupción no es un delito.
Una cosa es el corrupto y otra muy distinta
el delincuente. El delincuente común transgrede la ley sabiendo
que al hacerlo se arriesga a ir a la cárcel. Se sitúa al
margen de las instituciones, las enfrenta a la vez que se expone a su
brazo armado: la policía. Los delincuentes son desesperados que
terminan a la sombra o enterrados. Los corruptos, son los hombres que
redactan los dictados del sistema, los fabricantes de leyes y hacedores
de decretos, los que reglamentan y proponen nuevas normas e incluso determinan
lo que está bien o mal en la conducta social.
El corrupto puede evitar ser un delincuente
si cuenta con el poder de introducir una ley, ordenanza, decreto o norma
que legalice su interés particular en una loable acción
de gobierno. El delincuente es un pobre diablo que nunca emulará
a un astuto corrupto, porque su origen está en la impotencia frente
al poder, mientras que el corrupto es el resultado de la omnipotencia
desde el poder. Los corruptos son gente respetable,
por lo general con títulos universitarios, o virtuosos dirigentes
políticos y sindicales que iniciaron su carrera hacia la corrupción
arengando a las bases populares con discursos moralizadores.
A
la par que el delincuente materializa la ley -la honra- cada vez que delinque,
el corrupto la degrada en cada nuevo artilugio legalista. Hasta hay un
principio lógico avalando nuestra tesis: no hay forma de
ser corrupto si no es desde el poder.
La misma carrera política conlleva
la corrupción, ya que se suman favores a devolver, premios a colaboradores
que apostaron desde el llano; cuando se llega al fin al cargo esperado,
reclaman todos su porción de torta.
El corrupto es una sanguijuela
cobijada en las trampas laberínticas de la ley -que él mismo
redacta- y que permiten la impunidad más absurda. Esas trampas
son por lo menos cuatro:
-La cantidad de casos. Cada espectacular denuncia
de corrupción es tapada por otra espectacular denuncia de corrupción
y así sucesivamente. No se trata de mala memoria, es que nadie
puede llevar la cuenta de semejante secuencia; un hecho hace olvidar al
anterior y será olvidado cuando estalle el que le sigue.
-La burocrática lentitud judicial.
Ante cada caso detectado, invariablemente se asegura que se hará
la investigación hasta las últimas consecuencias, es decir,
el sumario burocrático que deslindará responsabilidades,
dejará el caso en manos de la justicia y donde los inculpados aceptan
someterse a los resultados. Al final no hay noticias de los resultados
porque la causa se pierde o prescribe. El mejor amigo del corrupto es
el sistema judicial.
-El pacto judicial. Están todos
en el mismo gallinero, ¿quién tira la primera piedra? ¿cómo
condenar sin ser condenado?; para eso inventaron el salvoconducto del
arreglo : si todo sale mal, el que perdió tiene el tiempo y los
medios suficientes de llenar una maleta; no sea que cometa la ingratitud
de destapar la olla.
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Y el último recurso del corrupto, el manotazo de ahogado: el dinero.
Si alcanzó a recabarse el botín del negocio deschavado (delatado
por los miembros del mismo poder o bien opositores, seguramente corruptos)
las necesidades de la fuga pueden ser holgadamente satisfechas.
No en vano el herpes de la corrupción infectó hasta las
jerarquías más bajas del sistema.
No ha de sorprender entonces la existencia
de empresarios millonarios con empresas indigentes, dirigentes exitosos
y dirigidos fracasados, respetables ladrones de guante blanco y abominables
delincuentes marginales que ponen en peligro la seguridad de la nación.
Tampoco ha de sorprender que la justicia, aunque grite lo contrario, no
confíe ya en sí misma, la prensa reproduzca cada más
comunicados oficiales iniciando cada vez menos investigaciones, y la
iglesia elabore en tropel documentos episcopales denunciando la corrupción
(ellos, que no están libres de pecados capitales).
En semejante orden injusto, hablar de
igualdad es un insulto, y hablar de justicia, una patada en el culo.
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