La semiótica de la corrupción
Por Franco Sampìetro

Lo normal es hablar de la corrupción como de un delito legal y moral grave, sin embargo, en los hechos, no sólo queda probado que no es tan grave, sino que ni siquiera es un delito. Todo se basa, más bien, en una simple confusión lingüística. En efecto, la moderna palabra "corrupción" no designa a un delito sino a un derecho. Un derecho inherente a los atributos del poder, uno más de sus abalorios, una de las causas fundamentales para subirse a su carro.

Se inicia la falacia desde el momento elemental en que todo funcionario, por opaco que su cargo fuere, comenzó cometiendo una miseria inicial: sumar votos mediante el truco de la mentira veraz, estafar a los devotos. De ese pecado inicial a la absoluta falta de inconvenientes para realizar arreglos sucios pero convenientes, no hay más que un tranco de hormiga. Pues sí: la corrupción no es un delito.

Una cosa es el corrupto y otra muy distinta el delincuente. El delincuente común transgrede la ley sabiendo que al hacerlo se arriesga a ir a la cárcel. Se sitúa al margen de las instituciones, las enfrenta a la vez que se expone a su brazo armado: la policía. Los delincuentes son desesperados que terminan a la sombra o enterrados. Los corruptos, son los hombres que redactan los dictados del sistema, los fabricantes de leyes y hacedores de decretos, los que reglamentan y proponen nuevas normas e incluso determinan lo que está bien o mal en la conducta social.

El corrupto puede evitar ser un delincuente si cuenta con el poder de introducir una ley, ordenanza, decreto o norma que legalice su interés particular en una loable acción de gobierno. El delincuente es un pobre diablo que nunca emulará a un astuto corrupto, porque su origen está en la impotencia frente al poder, mientras que el corrupto es el resultado de la omnipotencia desde el poder. Los corruptos son gente respetable, por lo general con títulos universitarios, o virtuosos dirigentes políticos y sindicales que iniciaron su carrera hacia la corrupción arengando a las bases populares con discursos moralizadores.

A la par que el delincuente materializa la ley -la honra- cada vez que delinque, el corrupto la degrada en cada nuevo artilugio legalista. Hasta hay un principio lógico avalando nuestra tesis: no hay forma de ser corrupto si no es desde el poder.

La misma carrera política conlleva la corrupción, ya que se suman favores a devolver, premios a colaboradores que apostaron desde el llano; cuando se llega al fin al cargo esperado, reclaman todos su porción de torta.

El corrupto es una sanguijuela cobijada en las trampas laberínticas de la ley -que él mismo redacta- y que permiten la impunidad más absurda. Esas trampas son por lo menos cuatro:

-La cantidad de casos. Cada espectacular denuncia de corrupción es tapada por otra espectacular denuncia de corrupción y así sucesivamente. No se trata de mala memoria, es que nadie puede llevar la cuenta de semejante secuencia; un hecho hace olvidar al anterior y será olvidado cuando estalle el que le sigue.

-La burocrática lentitud judicial. Ante cada caso detectado, invariablemente se asegura que se hará la investigación hasta las últimas consecuencias, es decir, el sumario burocrático que deslindará responsabilidades, dejará el caso en manos de la justicia y donde los inculpados aceptan someterse a los resultados. Al final no hay noticias de los resultados porque la causa se pierde o prescribe. El mejor amigo del corrupto es el sistema judicial.

-El pacto judicial. Están todos en el mismo gallinero, ¿quién tira la primera piedra? ¿cómo condenar sin ser condenado?; para eso inventaron el salvoconducto del arreglo : si todo sale mal, el que perdió tiene el tiempo y los medios suficientes de llenar una maleta; no sea que cometa la ingratitud de destapar la olla.

- Y el último recurso del corrupto, el manotazo de ahogado: el dinero. Si alcanzó a recabarse el botín del negocio deschavado (delatado por los miembros del mismo poder o bien opositores, seguramente corruptos) las necesidades de la fuga pueden ser holgadamente satisfechas. No en vano el herpes de la corrupción infectó hasta las jerarquías más bajas del sistema.

No ha de sorprender entonces la existencia de empresarios millonarios con empresas indigentes, dirigentes exitosos y dirigidos fracasados, respetables ladrones de guante blanco y abominables delincuentes marginales que ponen en peligro la seguridad de la nación. Tampoco ha de sorprender que la justicia, aunque grite lo contrario, no confíe ya en sí misma, la prensa reproduzca cada más comunicados oficiales iniciando cada vez menos investigaciones, y la iglesia elabore en tropel documentos episcopales denunciando la corrupción (ellos, que no están libres de pecados capitales).

En semejante orden injusto, hablar de igualdad es un insulto, y hablar de justicia, una patada en el culo.