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Ya somos terroristas.


Quizás aún no lo sabes. Probablemente jamás lo hubieras sospechado. Pero has cometido un crimental. Has cuestionado el actual orden social y te has apartado del Pensamiento Único. Eres un terrorista.

En efecto. Tras los sonados atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York y el edificio del Pentágono, los gobiernos occidentales están aprovechando para endurecer el control social y establecer una larga serie de normas liberticidas -que han llevado a muchos observadores a calificar la situación de auténtico <<estado de excepción>>-, con la manida excusa de luchar contra "uno de los mayores problemas del siglo XXI": el terrorismo. Pero, si antes se concebía el terrorismo como un acto de guerra ilícito en la medida en que ataca a la población civil, ahora se interpreta como aquellas actividades encaminadas a subvertir el orden político o económico.
Así por lo menos se desprende de la propuesta de decisión-marco sobre el terrorismo de la Comisión Europea. <<Entre los delitos que pueden ser tildados de terroristas -señala el abogado Endika Zulueta- se encuentran el asesinato, las lesiones, el secuestro, el robo... pero también, y aquí comienza el peligro real, los daños a los medios de transporte público, a las infraestructuras públicas, los ataques mediante interferencias con sistemas de información, la "amenaza de cometer cualquier delito de los enumerados anteriormente", así como el cajón de sastre que supone "el fomento, ayuda o participación en un grupo terrorista" (en el que se incluye la controvertida apología del terrorismo).>> (Molotov, Febrero 2002).
Sin embargo, lo que según el proyecto europeo define verdaderamente el terrorismo es su finalidad. Son delitos terroristas, dice el texto, "los cometidos intencionalmente por un individuo o grupo contra uno o más países, sus instituciones o ciudadanos, con el fin de intimidarlos y alterar gravemente o destruir las estructuras políticas, económicas, medioambientales o sociales de un país". Es decir, que terroristas serán aquellos que pretendan y luchen por transformar el orden actual. Así de sencillo. Como explica John Brown, funcionario europeo, la Comisión define <<una serie de actos que retoma los principales objetos de incriminación de la legislación internacional (asesinato, chantaje, toma de rehenes, atentado, etc) añadiendo a ellos toda una serie de actos más próximos a la desobediencia civil o a los métodos de lucha sindical o ciudadanos (ocupación de lugares públicos o infraestructuras, daños a propiedades que tienen un valor simbólico, ciberacciones). Lo que amalgama a todos estos actos es la intención política. Una acción anticapitalista que recurriera a métodos en el límite de la legalidad, o aun ilegales, pero de ninguna manera violentos, se consideraría entonces como terrorismo.>> (Le Monde Diplomatique, nº 76, febrero 2002)
Cuánta perspicacia, cuánta astucia, cuánto oportunismo poseen estos despabilados líderes mundiales. Es comprensible que traten de todas las maneras posibles perpetuarse en el poder y conservar intactas las estruturas políticas y económicas de las que se benefician. Y qué mejor que imposibilitar el cambio y prohibir la disidencia de un plumazo. Es todo cuanto un sistema autoritario puede ansiar.
Los actuales señores de la guerra han hallado en el terrorismo la brujería, la masonería, el terror rojo de la nueva era: algo con lo que se pueda criminalizar aquello que perturbe el orden y la paz sociales, aquello que moleste al poder, aquello que represente una amenaza para sus privilegios. Pues como dice el dicho, "no hay nada que no se haya inventado ya". El antropólogo Marvin Harris describe una artimaña similar utilizada por las autoridades eclesiásticas durante los siglos XIV y XV para erradicar la herejía: <<La brujería era un crimen pero no una herejía, puesto que el aquelarre era una invención de la imaginación. Pero con el paso del tiempo, los inquisidores papales se preocuparon cada vez más por la falta de jurisdicción en los casos de brujería. Argüían que la brujería ya no era lo que solía ser en la época del Canon Episcopi. Se había desarrollado un nuevo tipo, mucho más peligroso, de bruja: una bruja que podía volar realmente hasta los aquelarres. Y estos aquelarres eran precisamente las reuniones secretas de las otras sectas heréticas, aunque los ritos eran mucho más repugnantes. Si se podía torturar a las brujas como a los demás herejes, sus confesiones conducirían al descubrimiento de un extenso número de conspiradores secretos>>. (M. Harris, Vacas, cerdos, guerras y brujas, 1980).
Nos hemos convertido todos en brujas y herejes, somos un peligro público. No se te ocurra pensar mal del Gran Hermano, ni mucho menos pretender "alterar las estructuras políticas, económicas o sociales de un país". Porque te aplicarán la ley antiterrorista.