"La Yerba de la Libertad"
Por Miroslav

José Gabriel Condorcanqui fue el quinto nieto del último inca del Perú. De familia acomodada y educado en el colegio jesuita para hijos de caciques de Cuzco, comprendió pronto la enorme injusticia que se cebaba con sus hermanos los indios. A los 22 años, este intrépido jovenzuelo se cambió el nombre por el de José Gabriel Túpac Amaru, reclamó para sí el título de cacique de los pueblos de Surimana, Pampamarca y Tangasuca y se autoproclamó portavoz de los indios ante los blancos, siguiendo las teorías del jesuita Francisco Suárez sobre la soberanía de los pueblos. Cuando se casa con Micaela Bastidas, “mujer valiente y decidida”, encuentra la compañera idónea para llevar a cabo su tarea de liberación del pueblo peruano.

Las autoridades españolas del Perú ya se habían enfrentado a la resistencia del pueblo Inca en otras ocasiones. Así, en pleno siglo XVI, el virrey Toledo había tratado de borrar sin éxito el recuerdo del Inca, alegando que su imagen “vendrá a criar la yerba de la libertad”. En 1750, tras la rebelión de Lima, el virrey conde de Superonda prohibió a los indios celebrar sus fiestas con las mascaradas y bailes tradicionales, porque suponían una representación de sus antiguos reyes, su cultura, trajes y canciones. Y claro, el recuerdo de su antigua libertad unido a la salvaje explotación de que eran objeto por parte de los corregidores, ofrecía como resultado rebeliones, revueltas y dificultades para las hispánicas autoridades.

José Gabriel lo tuvo muy claro desde el principio: “El faraón que nos persigue, maltrata y hostiliza no es uno solo, sino muchos, tan inicuos y de corazones tan depravados como son todos los corregidores, sus tenientes, cobradores y demás corchetes, hombres diabólicos y perversos, enemigos de Dios y del hombre e idólatras del oro y la plata…”

En 1777 se acerca por vez primera a las autoridades españolas con un coherente programa de reivindicaciones: en primer lugar, abolición de la mita (obligación de los pueblos de trabajar en las explotaciones españolas), sobre todo la minera, que si siempre había sido dura de sobrellevar, ahora era imposible por la disminución drástica de la población indígena, con lo que, no habiendo indios para servirla, debían volver los mismos que ya la hicieron. Así, denuncia los esfuerzos inhumanos a los que son obligados, “los largos y peligrosos caminos a la mina, de más de 200 jornadas de ida y otras tantas de vuelta”, y propone que en vez de los indios, trabajen las minas los numerosos trabajadores establecidos en el mismo cerro de Potosí. También exige la extinción de los obrajes, verdaderas cárceles donde se obligaba a adultos, viejos y niños a tejer y hacer otras granjerías sin descanso.

Sin embargo, sus mayores acusaciones se dirigían a los corregidores, que obligaban a los indios a comprar toda clase de objetos inútiles, a pesar de que la legislación indiana prohibía el comercio entre corregidores e indígenas, precisamente para evitar estos abusos. Los precios eran exorbitantes y obligatorios, una vuelta al comercio del comienzo de la conquista. Algunos funcionarios denunciaban estos abusos, pero nunca se tomó ninguna medida, quizá porque la corona no podía pagar de otro modo a los corregidores, que amasaban sus fortunas explotando y comerciando de esta manera con los indios.

Viendo que sus reivindicaciones no tenían eco, Túpac Amaru comenzó a preparar la insurrección, haciendo acopio de armas de fuego, vedadas a los indígenas, y tratando de atraer a criollos y mestizos a su causa liberadora. Y se presentó la ocasión. En 1780, el obispo criollo Moscoso excomulgó al odiado corregidor de Tinta, Antonio Arriaga. El 4 de Noviembre Túpac Amaru manda detener a Arriaga, y le obliga a firmar una carta pidiendo dinero y armas a las autoridades. Seis días más tarde llegan 22.000 pesos, algunas barras de oro, mosquetes, mulas y todo lo necesario para avituallar un pequeño ejército. Ese 10 de Noviembre de 1780, ahorcado Arriaga, comienza la mayor sublevación de América hasta esa fecha, llegando los ecos hasta Nueva Granada y Río de la Plata. Túpac Amaru escribió a todos los caciques de Perú, mandando que prendieran a sus corregidores, tenientes y demás servidores y el embargo de sus bienes. Además, debían publicar un bando eliminando los pechos (impuestos) de repartimiento, aduanas y mitas de Potosí y proclamando el exterminio de sus corregidores.

Seguido por un entusiasta ejército de indios, empezó a recorrer pueblos y ciudades destruyendo a su paso obrajes, símbolo de la opresión, y emitiendo proclamas que modificaban su discurso según se dirigieran a los indios y esclavos, a los religiosos o a los criollos. A los primeros prometía la libertad y el fin de la servidumbre y la esclavitud, abolición de los abusos y el exterminio de los corregidores. Él era el libertador del reino y el restaurador de los privilegios otorgados a sus antepasados por los Reyes Católicos. Su discurso era mucho más suave y respetuoso cuando se dirigía a los clérigos y criollos, a los que hace saber que “viendo el yugo fuerte que nos oprime con tanto pecho (impuestos) y la tiranía de los corregidores y demás autoridades, sin tener consideración de nuestras desdichas, he decidido sacudir el yugo insoportable y contener el mal gobierno. Mi ánimo es vivir con los criollos como hermanos, congregados en un solo cuerpo, destruyendo a los europeos”. Túpac Amaru quería aprovechar el descontento de la clase más fuerte de América con las autoridades españolas, que les vetaban el acceso a los cargos de gobierno y les doblaban las economías con los impuestos.

La revuelta tuvo repercusiones en toda la América hispana, desde Río de la Plata a Colombia, Venezuela, e incluso Panamá o México, aunque no todos los movimientos tuvieron las mismas características. Así, en Nueva Granada, por ejemplo, el movimiento rebelde era de base mestiza y criolla, antiimpositivo y de base liberal. Sin embargo, la rebelión peruana era básicamente indígena, y añadía un elemento nuevo: el reconocimiento de Túpac Amaru como nuevo rey Inca. En los llanos de Casanare, un criollo, don Javier de Mendoza, se puso a la cabeza de los indios sublevados jurando fidelidad a Túpac Amaru, como el nuevo Rey de América. De todos modos, esto bien pudo servir como estrategia para reunir a los indios bajo sus intereses criollos. El uso que las rebeliones criollas hicieron del elemento indígena se podrán observar cuarenta años más tarde con las revoluciones independentistas bolivarianas.

Por fin, en la primera mitad del año siguiente, 1781, las tropas rebeldes llegan a Cuzco. Túpac Amaru quiso evitar una carnicería, así que en lugar de entrar a saco en la ciudad, se dedicó a negociar por escrito con el obispo y el cabildo de la ciudad, que se dedicaron a ganar el máximo tiempo posible para permitir la llegada a Cuzco del visitador general José Antonio de Areche y el inspector general José del Valle, encabezando un ejército de 17.000 soldados. Además, estos jefes militares publicaron bandos en los que se prohibía el reparto (comercio obligatorio de los indios con los corregidores) y se indultaba con un perdón general a todos los comprometidos en la insurrección, exceptuando a los cabecillas. Estas medidas provocaron miles de deserciones y cambios de bando.

Para evitar que las cosas fueran a peor, cuando ya tenían todas las de perder, Túpac Amaru decidió intentar un golpe de mano, atacando él antes de ser atacado. Sin embargo, el ejército realista fue avisado por un prisionero escapado y el golpe fracasó. La noche del 5 al 6 de abril se libró la desigual batalla. Según un parte de guerra, esa misma noche fueron pasados a cuchillo más de mil prisioneros y derrotado enteramente el resto del ejército rebelde. Al verse perdido, Túpac Amaru trató de huir, dando aviso a su familia de que hiciera lo mismo. Sin embargo, su propio coronel Langui, tratando de salvar su vida, aprisionó a toda la familia y otros cabecillas de la revuelta, y los entregó a los españoles.

El viernes 18 de mayo de 1781, después de haber cercado la plaza con las milicias de Cuzco, se procede a ajusticiar a los cabecillas. A cuatro de ellos se les ahorca sin más; a Francisco Túpac Amaru, tío del insurgente y a su propio hijo, Hipólito Túpac Amaru se les corta la lengua antes de ser ahorcados. Luego subió Micaela Bastidas, esposa de José Gabriel, a la que también se cortó la lengua antes de ajusticiarla delante de su marido. A ella se le reservaba muerte por garrote, pero debido a que se cuello era muy fino, el torno no pudo ahogarla completamente, así que fue necesario que los verdugos echaran sendos lazos al cuello y tiraran cada uno de un lado, al mismo tiempo que le daban patadas en pechos y estómago, hasta que la terminaron de matar. El último sería José Gabriel Túpac Amaru, a quien también se cortó la lengua, y se le ató cada una de sus extremidades a un caballo, que tiraba, cada uno, hacia uno de los cuatro puntos cardinales. Sin embargo, tras un buen rato de forcejeo, los verdugos comprobaron que era imposible matar al rebelde de esta manera, y decidieron terminar cortándole la cabeza. A todos los ajusticiados se les cortaron la cabeza y las extremidades, para mandar cada una a un lugar del Perú. Los cuerpos de Túpac Amaru y su mujer se llevaron a Picchu, donde se quemaron y sus cenizas se arrojaron al viento y al río que por allí corre.

Este fue el final de un rebelde que fue nombrado rey de América, que en poco menos de un año mantuvo en jaque al dominio español en el continente, que apunto estuvo de hacer triunfar una rebelión liberadora que partía de abajo, de los verdaderos habitantes de la tierra americana, cuarenta años antes de que Simón Bolívar encabezara otra revolución, esta vez criolla, que fue la que definitivamente independizó las colonias, con los resultados que todos conocemos para las poblaciones indígenas.

Sin embargo, el eco de sus palabras y sus acciones ha durado hasta nuestros días. Túpac Amaru se hizo tristemente famoso en nuestro siglo cuando la represión volvía a la patria de los Incas, esta vez de la mano de un japonés que rivalizó con los españoles en crueldad y desatino. Fujimori volvió a enterrar la dignidad indígena en la embajada japonesa de Lima. Sin embargo la lucha por la libertad, la democracia y la justicia no ha cesado en América.

Mañana más.