Puede que nuestro proyecto lisérgico
aún no haya logrado sus objetivos pero confíen en que
seguimos trabajando. No habiendo hecho justicia (o sí) con nuestros
contenidos, entre las pretensiones que fundaron esta página se
encuentra la de construir y difundir una Cultura libertaria. Por lo
que la reflexión y debate sobre conceptos como "Arte"
y "Cultura" nos resultan muy jugosos para darle forma a nuestra
página y, además, ha salido varias veces el debate (lo
he sacado yo) de la politización o no del arte o el entretenimiento.
Según
el colombiano Jesús Martín-Barbero: En estos tiempos,
los anarquistas entienden la Cultura no sólo como un espacio
de manipulación sino también de conflicto, por lo que
los medios y prácticas culturales pueden ser herramientas de
liberación. Así, critican el arte separado de la política
o la economía, como una campo aparte al que pertenece lo estético.
El rasgo primordial de la estética libertaria
es la continuidad del arte con la vida. Según esta concepción,
el arte reside, más que en las obras, en las experiencias; y
no en la de unos hombres especiales (artistas o genios) sino en la de
cualquier mujer u hombre corriente. Los anarquistas están contra
la "obra maestra" y los museos, y a favor de un "arte
en situación" que surge de trasladar al campo estético
el concepto político de "acción directa". Para
los anarquistas de los tiempos de Proudhon, Kropotkin y Tolstoi, el
proyecto de la estética anarquista era reconciliar al arte con
la sociedad. Frente a la seriedad, solemnidad y academicismo del arte
clásico, un arte antiautoritario basado en la espontaneidad y
la imaginación. Esta estética no cree en un arte que se
limite a expresar la subjetividad del individuo: lo que hace el auténtico
arte es expresar la voz colectiva. El concepto de "belleza"
en la obra de arte es reemplazado por el deseo de significar.
Sobre esto del arte como experiencia, Walter Benjamín
veía que la moderna sociedad de masas posee un sensorium particularmente
fértil para un uso igualitario del arte. Con el desprendimiento
del arte de lo sacro y ritual (iglesia y Estado fundamentalmente) y
convertido en mercancía para los mecenas ya desde el renacimiento,
la sociedad industrial y de consumo masivo desublimiza el arte al convertirlo
el producto industrial para la "Cultura popular". Las formas
simbólicas de poder quedan refugiadas en el campo de la "Cultura
culta" en la que la comprensión del significado de la "obra"
está restringido a quienes usan unos códigos y, a menudo,
pertenecen a cierto estrato social (La que decide qué es culto
y qué popular). La reproducción masiva de la "cultura"
machaca el áurea de la "obra de arte" permitiendo a
cualquiera acercarse a ella y usarla. Según W. Benjamín,
ese sentir tiene un contenido de exigencias igualitarias que son la
energía de la masa.
Este acercamiento de la masa deshace el valor cultual
(de culto) individual de la obra para primar su valor exhibitivo y ser
apropiada por la masa. Según Benjamín esto es un modo
de emancipación del arte. Frente al degenerado recogimiento e
la burguesía, la experiencia de la multitud, la concentración
de fuerzas que supone la concentración masiva de gentes; una
fuerza reprimida y a punto de estallar.
El movimiento Situacionista de los años 60 y 70 supuso un ejemplo
de radical intención de superar el arte por medio de su realización
en la vida. Según algunas de las tesis de Guy Debord en "La
Sociedad del espectáculo", la explotación ya no sólo
se centra en el tiempo de trabajo sino que coloniza el ocio aparentemente
liberado de la producción industrial y se pone como objetivo
la expropiación del tiempo total de la vida. Opone su concepto
de "Vanguardia" contra el de bellas artes ya que no se propone
ser interpretada o contemplado su mensaje sino producir un impacto.
Pretendía la disolución de la frontera entre el arte y
la vida, la realización del arte en la vida y, por tanto, la
eliminación del arte (o de la estética como esfera cultural
separada de la cotidianeidad).
Según esta concepción, el Situacionismo
de los tiempos de Debord fracasó en su objetivo, ya que sus "obras"
quedaron como objetos a contemplar o interpretar, perpetuándose
en aquella esfera cultural separada en que habían nacido precisamente
para destruir. Al fracasar su pretensión de realizar el arte
en la vida, y quedando su propuesta para los cultivadores del arte y
la crítica, sus acciones convertidas en obras ayudaron a legitimar
el sistema social contra el que luchaban, rodeados por todos a los que
detestan. Sus "obras de arte" hoy no se confunden con la vida,
se convierten en espectáculo, convertido en mercancía
y desprovisto de todo su potencial transformador.
Hay varias formas en que el arte es apropiado por la
masa y de alguna forma existe un nervio libertario en estos sucesos.
La apropiación del significado que tienen las cosas por la masa,
cuando la gente usa los productos culturales que hay en circulación
y le dan su propio uso, puede generar situaciones de subversión
o desobediencia. Esto puede darse de forma fortuita (como cuando una
moda por un programa o serie de la televisión se convierte en
tal fenómeno que crea situaciones incómodas al gobierno),
o de forma tradicional e inmemorial (como el Carnaval) o de forma pretendida
y planificada (como la tergiversación de grandes carteles publicitarios
en las barriadas) o de muchas formas más. Lo libertario del arte
puede estar tanto en una manifestación espontánea de la
inteligencia colectiva como en la intención explícita
de intervenir políticamente.
Seguro que resulta difícil relacionar todo esto
con lo que es nuestra (modesta) fabulosa página web pero trataremos
de ver cómo podemos relacionarnos con ello. Pero tranquilos (hombres,
soy consciente de que ésta página no la leen apenas mujeres),
para próximos números de Lisergia seguiremos pesquisando
la manera de ver cómo construir una cultura de masas libertaria
fijándonos en ejemplos más o menos cercanos y produciendo
algunas experiencias que estamos cocinando en nuestra marmita.