De pura casualidad, nos topamos con una dirección de un foro de (web de referencia musical nacional e internacional) en la que un tal comentaba algo acerca del vocalista de , . Al leer, el titular del nick resulta ser Jesús Arias, miembro fundador de la mítica banda TNT. Hablar de los 80 en Granada, significa necesariamente hablar de , , el Albaicín y del prota de ésta breve reseña, .
Jesús, a través de varios post (que esperamos que no acaben nunca, ya hemos visto que en el foro ultimamente han fichado a Richard Dudansky,
batería de 101'ers, formación en la que militó junto a Joe Strummer antes de que se crearan The Clash, estuvo en PIL, con Johnny Rotten, y más tarde, en bandas como The Raincoats, ahora vive en Granada y forma parte del grupo ElDogHouse) nos cuenta anécdotas muy curiosas del paso del personaje, de la estrella del Rock harta de todo y con la losa de The Clash encima, del amante de Lorca, del productor de 091...
Vamos a hacer un muy poco ético corta y pega con un par de anécdotas curiosísimas, esperemos que no se mosqueen, el resto de la chicha , si os mola el punk, la música en general y The Clash, es IMPRESCINDIBLE. De todo, y mucho más en
Aqui van un par de anécdotas, extraidas de
Joe Strummer era un tío generoso. Casi nunca llevaba dinero encima pero, en cuanto lo tenía, podía gastarlo en lo que fuera, hacerte un favor o, si se encontraba con un colgado por la calle que le caía bien, darle toda la pasta que llevaba en los bolsillos o ir al banco a sacar dinero para dárselo.
Recuerdo una anécdota curiosa. Cuando él llegó a Granada por primera vez, traía una magnífica gorra de cuero con la inscripción 'Out of control'. Yo estaba colgadísimo por aquella gorra (yo solía utilizar gorra en nuestros conciertos), pero me daba corte hacerle algún comentario a Joe al respecto. Unos meses después, mientras grababa con 091, volvió de Madrid y, mientras charlábamos, casualmente, le pregunté por la gorra. "¿La vieja gorra de 'Out of control'?", me preguntó. "Sí, ésa", dije yo. "Se la regalé a un tío en el metro de Madrid. Me dijo: Hola, tío, me gusta esa gorra que llevas. Y se la regalé".
Sobran los comentarios de cuántas veces le dije: "You, fucking bastard, you, fucking bastard" a Joe el resto del día. Pero, esencialmente, era así. Yo tuve durante meses un pedal de eco Boss suyo que se acababa de comprar en una tienda y que le pedí que me lo dejara para echarle un vistazo. "¿Quieres probarlo?", me dijo mientras me lo ensayaba. "Si me lo dejas...". "Llévatelo, ya me lo das cualquier día". Seis meses después, le tuve que recordar que yo seguía teniendo su pedal de eco. "¿Es bueno?", me preguntó. "Sí, muy bueno. He grabado muchas cosas con él". "Si quieres, quédatelo".
Fui honrado y se lo devolví. Pero, si no lo hubiera hecho, él jamás lo habría pedido. De ésas tengo a miles. Literalmente: a miles.
STRUMMER.
1985. Supongo que era primavera o verano. Que lo verifiquen los fans de 091. El grupo estaba grabando en Madrid el Lp ‘Más de cien lobos' y Joe, que los producía, se había encontrado con que los ejecutivos de la compañía, que querían más poner su nombre en la contraportada del disco como productor a que REALMENTE produjera a los 091, estaba bastante deprimido.
Es cierto que en esa época Joe bebía bastante, que a veces se comportaba de un modo errático, que había días en que no aparecía por el estudio de grabación tras una noche de copas por los locales más famosos de Madrid. Pero, como él mismo me confesaría después, ése había sido exactamente el mismo comportamiento que había tenido Guy Stevens durante la producción de ‘London Calling' y nadie se había quejado. Lo que les importaba en Londres a los ejecutivos de la CBS no era que Stevens fuese un alcohólico borracho y loco, o que le tirara sillas a The Clash por encima de la cabeza en el estudio si estaban tocando mal. Lo que les importaba era el resultado final, las mezclas, el máster, el disco. Que en el proceso hiciese lo que quisiera, pero que a las oficinas de CBS llegase un disco con un par de cojones.
La mentalidad en España y en Zafiro, la discográfica que había fichado a 091, era bien distinta. Corrían rumores de que Joe se había hecho amigo de... Isabel Pantoja... Sí, Isabel Pantoja. Que Joe cerraba los bares incluso hasta cuando Julián Hernández, de Siniestro Total, o Kike Turmix, se habían tenido que ir agotados a echar la pota o a dormir al portal más cercano. De modo que, en Zafiro, según me contó Joe, habían decidido desconfiar de él y mandar al estudio a algún ‘ejecutivillo' (traducción al castellano de lo que él me refirió, citando a los Rolling Stones, como ‘The under assistant west coast promo man') para ‘vigilarle' mientras Pepe Loeches, el ingeniero de grabación, no dejaba de decirle -ésa es la versión de Joe, los 091 tenían otra distinta, y también bastante creíble- que ‘esto no puede hacerse', ‘eso no puede grabarse', etc.
De modo que Joe empezó a sentirse mal en Madrid. Incómodo, deprimido y subestimado. Yo no sé si lo haría en Londres o por algún otro grupo en su vida, pero yo he visto llorar a Joe Strummer por los 091. Lo que realmente quería a ese grupo ese hombre y todo el potencial que veía en ellos. Y se sentía frustrado al ver que la compañía de discos actuaba como cortapisas, como freno, a las ideas locas que él tenía respecto al disco: bajos con distorsión, persianas metálicas que caen de pronto, ruidos extraños... La banda, por su lado, no sabía qué hacer: tenía una presión tremenda encima con el tiempo de grabación -Joe estaba acostumbrado, en Londres, a que un grupo se fuese a ensayar a un estudio de grabación, a componer canciones allí, a tirarse meses enteros grabando ideas o maquetas, y pensaba que en España era lo mismo, que podías disponer del estudio de grabación durante todo el tiempo que quisieras-, con las malas caras de los ejecutivos de Zafiro y con las ideas, inicialmente disparatadas, de Joe.
Uno de aquellos días, Strummer cometió una locura. Llamó a Santiago Auserón, de Radio Futura, le pidió prestadas 150.000 pesetas y se fue a una tienda de venta de coches de segunda mano que había visto en Madrid y que lo había dejado absolutamente conmocionado: había visto allí un coche magnífico, imponente, sublime, curioso y extraordinario: un Dodge-Dart gris metalizado con el techo negro. ‘Su' Spanish-American car, como él lo bautizó. Alucinaba con aquel coche. Le pidió el dinero a Santiago Auserón. se fue a la tienda de coches y se lo compró. Luego me llamó por teléfono desde Madrid.
-Jesús, espérame en La Cúpula a las seis de la tarde. Tengo una sorpresa que enseñarte- me dijo en inglés.
-Vale -le respondí yo.
Estaba intrigado, pero Joe solía comportarse así. Podía tirarse semanas sin llamarte, sin dar señales de vida y, de pronto, aparecer por tu casa y quedarse tres días allí, de modo que no me extrañó.
A las seis en punto de la tarde yo estaba esperándolo en La Cúpula, un pub equivalente al Ruido Rosa de hoy, un gemelo de El Silbar. A esa hora, el pub estaba cerrado y yo aguardaba en la puerta cuando ví girar un enorme coche plateado que hacía sonar el claxon. Era Joe. Radiante y feliz como un chaval.
Salió del coche: “¡Mira, hombre! ¡Mira lo que ha comprado!”, dijo en su español clásico. “¡Bonito! ¡De primera clase! ¡My Spanish-American car! ¡Sube! ¡Rápido!”.
Me monté en el coche. Joe estaba totalmente borracho de alegría. Me explicó para qué servía cada botón, acariciaba el parabrisas, se asomaba a la ventanilla cuando parábamos en un semáforo y le decía a los pasajeros de cualquier coche que se hubiera parado a nuestro lado: “¡Bonito, ¿eh? Bonito gran coche. Y es mío!”. Semáforo en rojo, y Joe sacando la cabeza por la ventanilla para que la gente admirara el Dodge-Dart. Calle Pedro Antonio de Alarcón, Camino de Ronda, Severo Ochoa, la Gran Vía. Todo un paseo por Granada a bordo del Spanish-American car de Joe Strummer.
Así estuvimos dando vueltas por toda la ciudad como una hora, probando el coche hasta que Joe me pidió un cigarrillo, se lo encendió, se puso serio y me dijo:
-Let's go to Víznar, show me the way to go there.
(Entre los pueblos de Víznar y Alfacar, a 8 kilómetros de Granada, fusilaron a Federico García Lorca. Su tumba nunca fue descubierta y él permanece como un fusilado anónimo más. Yo ya le había contado esa historia a Joe Strummer y él ahora quería visitar el sitio).
Justo cuando dejamos Granada atrás fue cuando Joe se puso serio. Me contó los problemas que estaba teniendo con la grabación, lo deprimido que se sentía, lo mucho que admiraba a los 091 -él era un fan de un grupo inglés llamado 999 y le parecía una premonición que en España existiera un grupo tan bueno como los 999 que, curiosamente, se llamara 091: Tanto 999 como 091 son los números de la Policía en Gran Bretaña y en España-. Se sentía acorralado, incomprendido y necesitaba apoyo moral. Como yo era hermano de Antonio Arias, Joe me pidió que lo llamara, que le explicara que las ideas que él tenía en la cabeza respecto al disco no eran una locura y que los 091 le hicieran frente a los ‘ejecutivillos' de Zafiro, a Pepe Loeches y a quien fuera. “I really love these guys”, me dijo en inglés refiriéndose a los 091. “I want to be their best producer, and I want this record to be perfect, but I can't fight myself, alone, against those Zafiro under assistant west coast promo men”. Y le caían lágrimas de los ojos. Lo noté muy vulnerable, muy implicado en el disco de los 091 (Nota curiosa: hace unos meses, me escribió Chris Salewicz, periodista durante 20 años de New Musical Express, amigo íntimo de los Rolling Stones y de The Clash, autor del libro ‘Mick & Keith', que está escribiendo ahora la biografía de Joe Strummer. Chris quería saber sobre la estancia de Joe en España. Me comentó que recordaba los días de 1985 en que, sentados en la cocina de la casa de Joe, Joe le ponía todo orgulloso el ‘Más de Cien Lobos' de 091. Hasta tal punto quería Chris volver a oír aquel disco, que tuve que comprarlo -la antología de 2 CD's reeditados- y enviárselo a Londres. Chris me respondió con un: “Aún recordaba esas canciones en la cocina de Joe”). Joe estaba realmente afectado por todo lo que le estaba pasando en Madrid. Le prometí que hablaría con mi hermano esa misma noche.
Llegamos a Víznar cuando se estaba poniendo el sol. El paisaje, desde allí, es sencillamente esplendoroso. Al entrar en el pueblo, Joe detuvo el coche: “Let's look for a ferretería”, me dijo.
-A ferretería? What for?- le dije yo.
-We need shovels (palas)
-Shovels? Are you crazy? What do you mean for shovels?
-If Federico García Lorca is buried here, we are going to find his grave and take his body out.
-Are you crazy, Joe? It's impossible to find Federico García Lorca's grave!
-If you and me are here, together, Jesús, it means that anything is impossible for us.
Joe quería buscar la tumba de García Lorca, rastrear todo el lugar, descubrir su cadáver y desenterrarlo. Estaba convencido de que iba a encontrarlo. Traté de explicarle que era absolutamente imposible: que son kilómetros, kilómetros y kilómetros cuadrados de monte, que ya ni siquiera existían montículos que indicaran sobre posibles enterramientos durante la guerra civil, que muchas zonas estaban repobladas de pinos. Joe seguía en las suyas. Finalmente, le dije: “Mira, vamos a hacer una cosa. Visitamos primero el sitio. Te enseño todos los posibles lugares en los que podría estar enterrado y si ves alguno que te despierte una corazonada, volvemos a pueblo, compramos las palas, y vamos allí”.
Se mostró de acuerdo.
Le conduje hasta el paraje en el que se sospecha que Lorca fue fusilado. Hoy hay un parque que lleva el nombre de Lorca, pero entonces todo era un inmenso descampado de terruño y de monte, con sólo algunos olivos. Debajo de alguno de ellos, nunca se sabrá, están Lorca y muchos más. Alrededor, pinares que repueblan otras muchas tumbas anónimas. Entre esos pinares y los olivos, en algún sitio, está Federico García Lorca. Le dije a Joe que parara el coche y me bajé.
-He's somewhere, around here.
Joe se bajó. Empezó a caminar. Yo lo esperé al lado del coche. Le dejé pasear. Se encendió un cigarrillo y lo ví alejándose poco a poco, ladeando la cuneta, observando la puesta de sol, escuchando el silencio. Cuando estaba como a unos cincuenta metros de mí, se volvió.
-Ven -me dijo.
Conforme iba hacia donde él estaba, soltó de pronto: “I can hear them”.
Luego lo volvió a susurrar cuando llegué a su lado: “I can hear them”.
“Hear what?”, le pregunté yo.
“I can hear the screams of the dead” (“Puedo oír el grito de los muertos”). “Something really tragic, unbelievable, terrific, happened here, something really tragic. I can hear it. I can hear the screams of the dead”.
Nos quedamos callados bastante tiempo, mirando la puesta de sol, escuchando el silencio. Luego Joe apagó su cigarrillo, se sacó una china de chocolate y se puso a liar un porro. “Hace muchos, muchísimos años, le prometí a Federico García Lorca que me fumaría un porro delante de su tumba, en su honor”, dijo en inglés. Y luego, en español: “Federico, va por usted, maestro”. Se encendió el porro, cruzó la carretera y se fue hacia unos olivos: “Es aquí ¿verdad?”, me preguntó en español, refiriéndose a los olivos que cita Ian Gibson en sus libros sobre la muerte de Lorca. Le dije que sí. Se sentó, me ofreció el porro -yo no fumé, prefería el tabaco- y me dijo en inglés: “Prométeme que algún día volveremos por aquí. Traeremos guitarras acústicas. Compondremos una canción llamada ‘Lorca' que hablará de esta tarde, de este silencio, de esta puesta de sol, del grito de los muertos, de este olivo. De ahora mismo. Tú escribe la música y yo escribiré la letra. Pero no quiero que esta tarde se me olvide”.
Luego, al cabo de un rato en silencio, dijo: “Well, it's time to come back to Madrid and work hard”.
Durante los años siguientes, cuando nos llamábamos, cuando nos veíamos, Joe y yo hablábamos de ‘Lorca', la canción. Yo, con los años, fui componiendo una canción muy al estilo Clash, para que él la cantara y le pusiera texto. Él siempre me preguntaba que cómo iba nuestra canción. Yo le decía que ya tenía la música, pero que necesitaba que él le pusiera el estribillo. Años después, quisimos hacer dos canciones juntos, ‘Lorca' y ‘Tranceblues'. Él nunca llegó a enseñarme sus letras o si había escrito algo. Pero siempre me preguntaba por la música que yo había hecho. Le enseñé una idea en 1992, y a él le gustó. Eso ya es otro recuerdo.
No sé si Joe se acordaría muchas veces de aquella visita a Víznar, de las promesas de canciones que hicimos. Pero a mí se me quedó grabada para siempre aquella frase suya: “I can hear the screams of the dead”. “Puedo escuchar el grito de los muertos”.
Inicialmente, el homenaje que Richard Dudanski preparó para Joe tras su muerte en el Sacromonte, en agosto de 2003, debía haber tenido lugar en Víznar, pero, por problemas con la Diputación de Granada, no pudo ser. El segundo sitio de referencia sobre Joe era el Sacromonte.
A mí me queda esa tarde con mi amigo Joe en Víznar, esa puesta de sol, ese silencio, los cigarrillos que nos fumamos juntos, las palas que no nos compramos en la ferretería, el paisaje, la complicidad del colega, la brisa fresca, la poesía de Lorca y el Dodge-Dart plateado con techo negro.
“My Spanish-American car”.
Habíamos decidido ir a comer al Campo del Príncipe, una plaza bastante bonita de Granada que Joe recordaba con mucho cariño por sus bares, sus camareros, el vino, el ambiente festivo que siempre había -y hay- por allí. Nos fuimos dando un paseo.
En el Campo del Príncipe nos esperaban Fernando Romero, hermano de Esperanza y Paloma Romero (Paloma=Palmolive, The Slits, la antigua novia de Joe en los tiempos de los 101'ers) y Gabi Contreras ("el médico loco", como lo llamaba Joe, radiólogo eminente y uno de los más íntimos amigos de Sid Vicious), los dos con sus familias. De manera que nos juntamos en una terraza un considerable equipo de gente (familias con niños) a beber cerveza.
Joe se sentó a mi lado para charlar conmigo. Ya habíamos hablado de eso bastantes veces por teléfono, pero volvió a sacarme el tema. Él estaba muy enfadado porque, el año anterior, durante la Guerra del Golfo, Estados Unidos había utilizado "Rock the Casbah" como "himno" entre los soldados americanos en una emisora de radio de una base norteamericana antes de ir a Iraq a lanzar las bombas. El quería hacer una canción contra eso, contra el Ejército de los Estados Unidos. Tenía un título para una canción, "Tranceblues" y una historia divertida: El Ejército USA es enviado a invadir Granada, en donde ha habido un golpe de Estado (la isla de Granada) pero, por equivocación, invade la ciudad de Granada. La canción iba en torno a eso: era un cúmulo de despropósitos.
Creo que ya hablé sobre eso en otro topic. Joe escribiría la letra y yo hacía la música. Hablamos sobre ello durante bastante rato y muchas cervezas (yo le dije que ya tenía la música) y, tras un silencio, Joe cambió de tema y me espetó: "Man, I'm pretty fucked" o algo así ("Estoy bien jodido").
Le pregunté por qué.
Tal y como me había dicho Gaby, Joe me contó que su vida era una mierda, que tenía 40 años, que no había hecho nada importante, que era un desastre, que se sentía un fracasado, que Mick Jones, al menos, había creado Big Audio Dynamite y era feliz y famoso, mientras que él se sentía completamente al margen.
Yo traté de disuadirle. "Tío", le espeté en inglés, "tú has escrito canciones como ésta, ésta y ésta. Yo a tí te admiraba cuando yo tenía 16 años. ¿Recuerdas lo que me decías tú de los Rolling Stones? ¡Pues tú fuiste mis Rolling Stones! Yo tocaba en mi guitarra, en mi habitación, '1977' y escribí una canción llamada '1984' porque en '1977' tu cuenta atrás se terminaba en 1984".
Y le hablé de lo amigo que era para mí, muy al margen de The Clash, muy al margen del Joe Strummer famoso. Le dije lo mucho que lo quería como amigo, como simplemente
Y en esto, apareció Fabrizzi.
Fabrizzi... menudo personaje...
Fabrizzi era un músico vagabundo, un acordeonista increíble, excepcional. Un tipo con los ojos como Martin Feldman (el de "El jovencito Frankenstein") que se ganaba la vida tocando el acordeón, por unas monedas, en la calle Zacatín, de Granada. Era un "homeless" que interpretaba al acordeón música clásica (Tchaikovsky, Mozart, Beethoven), tangos, canciones pop... lo que fuera... con una maestría increíble. Un músico excepcional (De hecho, Enrique Morente y yo lo estuvimos buscando para que tocase el acordeón en 'Omega').
Yo había conocido a Fabrizzi unos meses antes, en la calle Zacatín. Había oído una música buenísima desde lejos y, conforme me acercaba, descubrí que era un acordeonista callejero. Era la hostia.
Me quedé escuchándolo al menos media hora, echándole monedas y aplaudiendo con cada nueva cosa que tocaba. Al final, cuando ya el grupo de gente que se había congregado a su alrededor se había dispersado, yo seguía allí, todo embelesado.
Le dije: ¿Cómo te llamas, tío?
Me dijo: Me llamo Juan Carlos, pero todo el mundo me llama Fabrizzi.
Le dije: Pues eres la hostia. De verdad.
Me dijo: Tú debes ser músico.
Le dije: Sí. Y estoy asombrado. ¿Cómo consigues tocar a Tchaikovsky de esa manera? Estoy alucinado.
Me dijo: Tchaikovsky no es tan complicado. Lo difícil son los Clash y los Rolling Stones.
Le dije: No me jodas. ¿Conoces a los Clash?
Me respondió: ¿Los Clash? Son mi grupo favorito.
Y empezó a tocar "Jimmy Jazz".
Le dije a Fabrizzi: "Recoge: Te invito a lo que quieras".
Nos fuimos a un bar, bebimos cervezas (yo coca-colas) y hablamos larguísimamente sobre los Clash. Nos despedimos una hora después como absolutos colegas. Yo, a partir de ese día, trataba de pasarme por la calle Zacatín para oírlo, él para pedirme que le contara historias de Joe Strummer o para que me contara que lo habían contratado como músico en una obra de teatro. Así habíamos seguido durante seis meses...
Y bueno, aquel día, en el Campo del Príncipe, mientras Joe está diciéndome lo jodido que está, aparece Fabrizzi con su acordeón.
Lo veo de lejos. Le hago un gesto. Me ve de lejos y se acerca, sin dejar de tocar, hasta nuestra mesa.
Y esta escena es la hostia. Uno de los momentos más acojonantes de mi vida. Majestuoso.
Fabrizzi llega a nuestra mesa con el acordeón a cuestas. Le digo a Fabrizzi: "Fabrizzi, éste tío de aquí es Joe Strummer".
Fabrizzi lo mira. Me mira a mí. Me dice: "No. Ése no es Joe Strummer".
Joe se vuelve hacia él, y le dice en español: "Si, yo soy Joe Strummer, señor".
Fabrizzi le dice: "Tú no eres Joe Strummer. Tú te pareces a Joe Strummer. Pero no eres Joe Strummer".
Joe me pide que traduzca lo que ha dicho Fabrizzi. Se lo traduzco.
Joe se enfada: "Of course I'm Joe Strummer!".
"Tú no eres Joe Strummer", le dice Fabrizzi con toda tranquilidad.
Joe se levanta de su silla. "¡Sí soy Joe Strummer!", dice en español.
Fabrizzi, tan vagabundo, con sus ojos a lo Martin Feldman, sonríe como los vagabundos que han visto de todo y han oído de todo en este mundo. Vuelve a decirle: "Que no, que no eres Joe Strummer. Yo conozco a Joe Strummer y es mucho más alto que tú".
Joe me pide traducción. Traduzco.
Y Fabrizzi le espeta entonces: "Si eres Joe Strummer, canta esto".
Y se pone a tocar "Jimmy Jazz".
Y cuando Joe Strummer escucha que un músico callejero está tocando en un acordeón "Jimmy Jazz", que le dice en su cara que no es Joe Strummer, y que el músico callejero está tocando su canción... Joe... Ese Joe Strummer, se va a su lado y, como otro músico callejero, se pone a cantar "Jimmy Jazz" con la voz de Joe Strummer. Y los dos músicos se miran. Y Fabrizzi toca de la hostia y Joe Strummer canta de la hostia.
Putos músicos los dos, como si estuvieran tocando en el metro de Madrid.
Y Joe cantando con lágrimas en los ojos. El día de su cumpleaños se va a Granada y se encuentra a un músico vagabundo que toca sus canciones por la calle para ganarse la vida, que le niega el derecho a ser Joe Strummer, pero que se sabe sus canciones.
Terminan el "Jimmy Jazz" y Fabrizzi le dice: "Bueno, la voz se parece bastante. Pero, si quieres, probamos con 'London Calling'".
Fabrizzi me dice luego: "Dile que sí, que es Joe Strummer".
Se lo traduzco a Joe, al que le caen los lagrimones por toda la cara.
"El mejor cumpleaños de mi vida", dice Joe. "El mejor cumpleaños de mi vida".
Para colmo, se acercan a nuestra mesa unos turistas ingleses, y le echan unas monedas a Joe: "Brilliant, really brilliant. You both sound exactly as The Clash".
Ahí queda ese día.
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